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Morpheus ©

29 Maggio 1985: per non dimenticare

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TRENT’ANNI FA LA TRAGICA FINALE JUVENTUS-LIVERPOOL. PARLA IL TARANTINO CHE SI SALVÒ PER MIRACOLO

Sono stato all’inferno

Gaetano Conte: «All’Heysel sono morto un po’ anch’io»

di FRANCESCO CASULA (LA_GAZZETTA_DEL_MEZZOGIORNO 29-05-2015)

TARANTO. La partita non l’ha mai vista. Nemmeno in tv. «Mi ricordo tutto. Tutto, tranne cinque minuti in cui sono morto. Perché io sono morto in quella curva Z: da allora non ho mai più messo piede in uno stadio e non ho mai voluto rivedere quella partita». Gaetano Conte, tarantino classe 1940, di quella finale insanguinata all’Heysel conserva solo il tragico ricordo. Non ha visto il rigore di Platini e nemmeno l’esultanza che scatenò le polemiche. Non ha mai nemmeno sentito il commento «più asettico e imparziale possibile» di Bruno Pizzul. E mentre qualcuno a Torino festeggiava la vittoria dei bianconeri sul Liverpool, lui era in ospedale: «Venne un infermiere e in francese mi disse che avevamo vinto per 1 a 0. Pensai che almeno qualcosa la portavamo a casa».

Quel 29 maggio di trent’anni fa partì con tre amici e un ragazzo disabile che sognava di vedere la finale della Juve: «Portai con me un ragazzo disabile. Aveva 15 anni e per fargli vedere la partita qualche settimana prima andai al Comune e lo feci inserire sul mio stato di famiglia. In quella bolgia è stato il mio unico pensiero: quando riuscii a metterlo in salvo caddi per lo sfinimento. Lì cominciò l’inferno. La folla mi travolse e persi i sensi. Quando pochi minuti dopo mi risvegliai avevo le gambe bloccate dalle macerie e davanti a me c’era un uomo con la telecamera. Ricordo di aver letto “Italia” sulla macchina da presa e iniziai a urlargli di aiutarmi, ma lui continuava a riprendere. Gli dicevo di tirarmi fuori dalle macerie, ma quello continuava a girare. Qualche tempo dopo mi dissero che aveva vinto anche un premio. Ci pensa? Io stavo morendo e lui aveva vinto un premio».

Lo calpestarono così tanto che oggi le sue gambe sono livide e per sopportare il dolore deve prendere due pillole al giorno. Ma non è quello fisico il peso maggiore da sopportare. «Quando riuscirono a tirarmi fuori mi sistemarono su una barella di fortuna. Accanto a me c’era il corpo di una bambina. Avrà avuto 14 o 15 anni: aveva la gola tagliata. Ho passato tre giorni e tre notti a piangere». Non l’ha mai dimenticata. Come non ha dimenticato i dettagli che hanno preceduto l’inferno: «Mi ricordo gli inglesi che bevevano: forse mettevano la cenere delle sigarette nella birra e pochi minuti dopo diventavano cavalli in battaglia».

Non ha parole di rancore per nessuno. Anzi. Ha rotto il silenzio a distanza di tre decenni per continuare e proclamare l’amore per i suoi colori. «L’amore per mia moglie è cambiato, ma non per la Juve» afferma sorridendo. Gli occhi scuri, la barba bianca e rada, le mani forti di chi ha trascorso una vita a contatto con il mare: «Fino a quel giorno ho seguito la Juve e il Taranto ovunque: ai giocatori rossoblù davo il pesce buono e loro mi regalavano i biglietti per lo stadio. Ma dopo quel giorno tutto è cambiato: ho lasciato il calcio. Qualche tempo fa ho pensato di tornare allo stadio: volevo vedere la Juve che sollevava la coppa e così ho chiesto ai miei figli di inviare una mail alla società: ho detto chi ero, quello che avevo passato e ho chiesto due biglietti per Berlino. Mi hanno risposto che i biglietti sono numerati e nominativi e che dovevo accontentarmi di vedere Juve-Napoli. Mi sento un po’ tradito, ma solo perché in questi 30 anni non ho mai chiesto nulla alla società. Per curare le conseguenze di quella finale: ho girato l’Italia, ma non c’è niente da fare, mi devo tenere il dolore. Pensavo solo di ricominciare da dove avevo lasciato e invece la dovrò guardare in tv. Peccato. Però vinciamo noi, ho giocato un biglietto con il risultato finale».

Apre il portafogli e mostra il tagliando di una scommessa: «Questo è il risultato finale. Sicuro». E così mentre il mondo commenta l’inchiesta dell’Fbi sulla Fifa, Gaetano sogna ancora di vedere la sua Juve che alza al cielo la coppa dalle lunghe orecchie. Quella coppa di trent’anni fa, ma senza il sangue di quella bambina.

 

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Heysel: el día de la infamia

Se cumplen hoy 30 años de aquella final entre cadáveres

Murieron 39 personas tras una avalancha forzada por ‘hooligans’ del Liverpool

El ‘thatcherismo’, una juventud sin futuro, campos decrépitos... Claves de aquel tiempo

por FRANCISCO CABEZAS (EL MUNDO 29-05-2015)

«El mundo no puede estar lleno de gente como yo». Lo decía Alex, en plena batalla contra una maldad por domar. Lo decía Anthony Burgess, su padre literario, autor de La Naranja Mecánica, novela que a principios de los 60 estrujó las entrañas de los británicos mostrándoles lo fácil que era acceder a la violencia sin necesidad siquiera de comprenderla.

El 29 de mayo de 1985, en un paraje de príncipes y princesas, en la señorial Bruselas y junto al castillo de Laeken, murieron aplastados y asfixiados 39 aficionados al fútbol (32 italianos, incluyendo dos menores, cuatro belgas, dos franceses y un norirlandés), sumándose al avispero unos 600 heridos. Fue hace 30 años, bajo un calor abrasador, en el viejo Heysel, un campo destartalado que los hooligans convirtieron en féretro. Una tumba ante la que la Juventus alzó su primera Copa de Europa tras derrotar al Liverpool (1-0).

Durante años, la sociedad británica, por mucho que se retorció el pescuezo, fue incapaz de encontrar respuesta al cáncer que acababa con su fútbol. Uno de los que lo intentó fue Nick Hornby, que presenció aquella tragedia en la escuela de idiomas del Soho en la que trabajaba por entonces, ante decenas de alumnos italianos ante los que no pudo llorar. «Pero sí lo hubiera hecho en la intimidad de mi salón por la demencial e inapelable estupidez del suceso», escribía Hornby en su Fiebre en las Gradas. «Tarde o temprano tenía que pasar lo de Heysel, tal como tarde o temprano llega la Navidad». Y echó la vista atrás, a lo vivido desde niño como supporter del Arsenal: «Lo que estaba ocurriendo en las gradas iba a peor a pasos agigantados (...). Hubo más peleas en los 70, aunque en los 80, con los ultras organizados en bandas (...), la violencia fue tornándose menos previsible y más fea».

Ocurrió en Heysel. Pero también en el estadio de Hillsborough (96 muertos tras una avalancha el 15 de abril de 1989). Tragedias que desnudaron una a una las miserias del fútbol del pasado siglo, con campos decrépitos (en el del Bradford murieron 56 personas después de que la lumbre de un cigarrillo incendiara las tribunas de madera), políticas de seguridad que priorizaban el encierro al desalojo, el consumo desmedido de alcohol en las gradas y la manga ancha ante la violencia de unos hinchas, consumidos en la Inglaterra del thatcherismo por el paro y el No future pronosticado por los Sex Pistols. «Limpiaré el fútbol de hooligans», acabaría respondiendo a su manera la Dama de Hierro. Sus medidas llegaron tarde.

Heysel fue la perfecta metáfora de la putrefacción del fútbol. La UEFA decidió que un estadio construido en 1930 e incapaz de acoger con garantías a 60.000 espectadores fuera el escenario del partido más importante. Un encuentro en el que el fútbol inglés, que había ganado siete de las últimas ocho Copas de Europa disputadas, examinaba su supremacía ante la amenaza italiana. La Nazionale acababa de ganar el Mundial’82 en España, y la Juventus, con seis jugadores de aquella selección en sus filas y con el mejor futbolista del momento, el francés Michel Platini, opositaba a ser la nueva referencia.

El encuentro, decidido por un gol de penalti del 10 galo, acabó convirtiéndose en maldita anécdota. A las 19.20 horas, las televisiones de medio mundo retransmitieron en directo la tragedia. Sólo la antigua RDA cortó la emisión. Ocurrió en el llamado sector Z, una zona que a priori debía ser neutral y cuyas entradas se vendieron en Bélgica a aficionados locales. Los tickets acabaron en su mayoría en manos de hinchas de la Juve, que se vieron separados de los hooligans del Liverpool por una simple verja que éstos no tardarían en hacer añicos. De los insultos entre aficiones se pasó, en unos minutos, al implacable avance de los británicos. Los italianos quedaron encerrados en una trampa mortal. A un lado, el muro. A su espalda, el precipicio. De frente, esas vallas fijas que privaban el acceso al terreno de juego y acabaron por impedir la escapada.

La Policía, desconcertada, había preferido concentrar sus esfuerzos en los aledaños del estadio. Ante la lentitud de los servicios médicos, fueron los aficionados los que se las apañaron para atender a los heridos. Uno de ellos, italiano, médico de profesión, acabaría muriendo tras una segunda avalancha tras practicar el boca a boca a un hincha caído.

Y los futbolistas, a los que la UEFA, en connivencia con la policía, les obligó a jugar con una hora y media de retraso al considerar que la suspensión hubiera sido aún más peligrosa, entraron al campo con los cadáveres ya apilados bajo sus mantas en uno de los extremos. Los jugadores siempre juraron que nadie les explicó realmente lo que había sucedido. Platini, que celebró el gol del triunfo de la Juve, no volvería a ser el mismo. La prensa llegó a acusarle de caminar sobre los cadáveres.

Intentó la UEFA escurrir el bulto y culpar directamente por lo ocurrido al fútbol inglés, aunque no a su selección. «Sólo los ingleses fueron los culpables», dijo el observador oficial del ente, Gunter Schneider. Sus clubes fueron apartados cinco años de las competiciones europeas, seis al Liverpool. La FIFA, mientras, obligó a que todas las localidades fueran con asiento, las vallas fijas serían retiradas y el alcohol prohibido. La Asociación de Víctimas de Heysel lograría que la justicia belga condenara en 1989 a tres años de prisión a 14 aficionados del Liverpool, que sólo cumplirían la mitad de la pena. Y ya en 1991, los familiares de los fallecidos pudieron obtener indemnizaciones por nueve millones de euros después de que el Tribunal Supremo belga condenara por negligencia a la propia UEFA, a la federación belga e incluso al responsable de la Policía de Bruselas. Por primera vez, el máximo organismo europeo fue señalado como responsable solidario.

Heysel murió en 1994. En su lugar se levantó el Estadio Rey Balduino. Ladrillos rojos, una humilde placa y 39 haces de luz recuerdan la infamia.

 

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Heysel, trent’anni di rimorsi

di ROBERTO BECCANTINI (YAHOO! SPORT 29-05-2015)

 

Sono passati trent’anni dalla strage che non ci ha insegnato nulla. Era il 29 maggio 1985, stadio Heysel di Bruxelles. In palio, la Coppa dei Campioni. In campo, Juventus e Liverpool. «Olocausto» titolò il «Guerin Sportivo». Trentanove morti, quasi tutti italiani e juventini. Il più piccolo, Andrea Casula, aveva undici anni. C’ero anch’io, quel giorno, inviato della «giornalaccio rosa dello Sport». Mi occupai di un problema marginale, anche se paradossalmente cruciale: si gioca o non si gioca? Tampinai i burocrati dell’Uefa, imbarazzati e deliranti: si giocò.

 

E’ difficile spiegare a un ragazzo d’oggi perché successe e perché, soprattutto, gli aggressori furono più efficaci degli aggrediti nell’affrontare il cancro della violenza e ridurne la metastasi. Di calcio, da quella sera, si è continuato a morire, ferire e infierire, fino agli accoltellati dell’ultimo derby. Tolleranza zero? Non proprio. Stadi di proprietà? Uno solo, quello della Juventus. Cultura sportiva? Ai minimi storici.

 

La provocazione di qualche striscione non basta: a Bruxelles la feccia del Liverpool fu lo strumento che la nemesi (non il caso) usò per punire la miopia dell’Uefa, la negligenza della gendarmeria e del governo belgi, la golosità degli spacciatori di biglietti, che riempirono di pacifiche comitive il fatale settore Z, confinante con gli spicchi rossi degli inglesi.

 

I lanci e le cariche degli hooligans portarono alla fuga, la fuga portò al crollo del muretto, il crollo del muretto portò all’ecatombe. In assenza dei cellulari che avrebbero diffuso la notizia del massacro da curva a curva, moltiplicandone probabilmente gli effetti, l’ordalia ebbe comunque luogo «per motivi di ordine pubblico» e finì 1-0, decisa dall’unica cosa finta di quella notte, il rigore su Boniek. L’esultanza di Platini, sbagliata, e l’esposizione del trofeo al ritorno, sbagliatissima, arroventarono un «dopo» che, viceversa, avrebbe avuto bisogno di unguenti comuni per rimarginare l’immane ferita. Penso a Otello Lorentini, che perse il figlio Roberto. Con il nipote Andrea, figlio di Roberto, ha dato voce alla parte più colpita e più debole: le famiglie dei morti. Che la terra sia lieve anche a lei, eroico Otello.

 

Non era mai capitato che l’Uefa venisse condannata in sede giudiziaria. Capitò. Continua a capitare, in compenso, che nei nostri Colossei si tifi per un altro Heysel o un’altra Superga, a testimonianza di come e quanto le vittime abbiano preferito scimmiottare gli aguzzini, invece di combatterli.

 

In questi casi l’enfasi e il tifo spingono ad analisi frettolose, a verifiche talvolta faziose. Intervistai Giampiero Boniperti in occasione dei 25 anni. Restava fermo sulla sua idea: «Riconsegnare "quella" Coppa avrebbe voluto dire: morti dell’Heysel, siete crepati per niente». I parenti dei defunti non gradirono, e ricucire lo strappo fu doloroso, travagliato. Richiese tempo, pazienza.

 

Nessuno era preparato all’apocalisse. Dirigenti, giornalisti, giocatori, spettatori; nessuno. Sia chiaro, non è una scusante: L’Heysel continua ad agitare i sentimenti più estremi. Marco Tardelli ha chiesto pubblicamente scusa. Michel Platini si ritirò nel giro di due anni, anche per colpa di quel pugno al cielo. «Trent’anni dopo - ha confessato in "Parliamo di calcio", editore Bompiani - non è ancora chiaro nel mio spirito ciò che è accaduto, forse non lo sarà mai, e trent’anni dopo vorrei dire che non lo rifarei. Non avrei dovuto attendere trent’anni, trenta minuti sarebbero stati sufficienti».

 

L’importante è allenare la memoria. Siamo pigri, quando ci fa comodo. E con l’Heysel ci ha fatto comodo spesso.

 

Edited by Ghost Dog

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Trent’anni fa la tragedia dell’Heysel. Paolo Rossi ricorda il giorno più triste

«Se avessi saputo non avrei giocato»

di PIETRO GUADAGNO (CORSPORT 29-05-2015)

 

Vincere una Coppa dei Campioni dovrebbe essere uno dei ricordi più belli nella carriera di un calciatore. Di più emozionante, probabilmente, c'è solo un Mondiale. Ebbene, nel palmares di Paolo Rossi ci sono entrambi, ma la sensazione è che vorrebbe cancellare dalla sua vita il giorno in cui, assieme alla Juventus, salì in cima all'Europa. «Non c'è alcun motivo per essere fieri di quel trofeo - racconta -. La verità è che quella gara non si sarebbe dovuta giocare. E, se allora lo avessi saputo, non avrei mai fatto quel giro di campo. Ci voleva rispetto per quei 39 morti».

 

ALL'OSCURO. Già perché quella notte, prima di scendere in campo, i giocatori non sapevano quello che era effettivamente accaduto. «Dentro di noi sapevamo che qualcosa di grave era successo. Ogni tanto, vedevamo entrare qualche ferito negli spogliatoi per farli medicare. Ci venne anche il sospetto che ci fosse qualche morto, ma nessuno poteva immaginare una tragedia di quelle proporzioni», prosegue l'ex attaccante bianconero, ammettendo che non fecero altro che seguire le indicazioni: «Ci fecero rimanere chiusi negli spogliatoi fino all'ultimo momento. C'erano delle voci che giravano su quale fosse la situazione ma nessuno ci disse cosa era veramente accaduto. Anche perché altrimenti avremmo potuto dire la nostra, fare qualcosa. Alla fine, ci dissero soltanto: "Andate in campo e giocate". Solo dopo la partita abbiamo appreso dei 39 morti». Che fosse successo qualcosa di grave, però, i giocatori della Juventus lo avevano intuito. «Si giocò in un clima che non si può altro che definire surreale - spiega -. Vedevamo il settore Z dello stadio completamente vuoto e ci chiedevamo il motivo. E' vero che dopo il gol esultammo e che festeggiammo al momento di sollevare la Coppa, ma solo perché eravamo all'oscuro della tragedia che si era appena compiuta».

 

FILA DI CORPI. Poi, però, anche Rossi e compagni si resero conto del dramma che si era appena consumato. Lo videro proprio con i loro occhi, una volta saliti sul pullman che li avrebbe portati lontano da quell'inferno. «Io quei corpi, in fila fuori dallo stadio coperti dai teli, li ho visti», dice oggi, sottolineandone l'assoluta assurdità: «Non esiste morire in maniera così banale per una partita di calcio. Non ha senso». Per l'ex centravanti, quella fu l'ultima partita con la maglia bianconera, prima di trasferirsi al Milan: «Il giorno dopo, io e alcuni compagni partimmo direttamente da Bruxelles per il Messico per un ritiro con la Nazionale. Senza nemmeno passare da Torino».  

 

SPARTIACQUE. A trent'anni di distanza, comunque, il ricordo è ancora vivo. Ed è anche giusto, a parere di Rossi, che ora fa il commentatore per Sky, ma che è pure un imprenditore di successo. «A mio avviso è un bene che se ne parli anche oggi. Quella sera è stata una sorta di spartiacque, perché ha fatto aprire gli occhi a tutti. Finalmente è stato evidente che certi stadi non erano adeguati. Purtroppo non doveva esserci la necessità di vedere morire 39 persone perché venisse compreso». Ora, evidentemente, la situazione è cambiata, ma c'è comunque qualcosa che non va giù a Pablito. «Oramai gli impianti sono adeguati e questo è fondamentale - sottolinea -. Mi sembra però assurdo che servano ogni volta tremila agenti per garantire la sicurezza di chi assiste alle partite. Evidentemente non siamo ancora figli di una cultura sportiva così forte». Ed è una considerazione molto amara, trent'anni dopo l'Heysel.  

 

«Un’onda mi spinse, poi il buio»

Carmelo Di Pilla, uno dei sopravvissuti: «Sono un miracolato»

di CARMELO DI PILLA* (CORSPORT 29-05-2015)

 

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Mi chiamo Carmelo Di Pilla, ho sessantasei anni e sono morto trent’anni fa. Quando mi trovarono avevo un biglietto nella tasca dei pantaloni. Un biglietto di curva, settore Z dello stadio Heysel di Bruxelles, la data stampata era quella del 29 maggio 1985. Il giorno prima di morire andai a ritirare il biglietto in un’agenzia di Isernia, la città dove abitavo. Io e i miei quattro amici juventini seguivamo la Juve ovunque, due anni prima eravamo stati ad Atene. Per la finale dell’Heysel avevamo pagato per un posto in tribuna. «Questi sono biglietti di curva», dissi al dipendente che ci consegnò i tagliandi. «Ve li cambieranno quando arriverete là», rispose. Non era vero, non ero così sciocco da crederci; ci tenemmo i biglietti, protestare sarebbe stato inutile e poi troppa era la voglia di goderci la partita. La mattina dopo partimmo da Roma, arrivammo a Bruxelles all’ora di pranzo. Girammo la città, ci fermammo a mangiare. Nelle strade e nelle piazze c’erano molti tifosi italiani. Ricordo che a tavola mi riempii di tutto, ostriche, tagliatelle, cioccolato caldo con la vaniglia, mangiai così tanto da stare male. 

Arrivammo all’Heysel verso le cinque. Il cielo era di un blu bellissimo. Ricordo i cancelli d’entrata stretti stretti, che dovevamo passare mettendoci di lato; ricordo l’impianto vecchio, i tubi arrugginiti, le reti metalliche rotte, i gradoni di marmo. Pensai che non era il posto degno per una finale di Coppa dei Campioni. Ne parlai con i miei amici, eravamo tutti d’accordo: non è uno stadio da finale. Poi vidi Grobbelaar, il portiere del Liverpool, che passava a pochi metri da noi, oltre la rete. Ci eravamo seduti in prima fila, a ridosso del campo. «Voglio sgranchirmi le gambe e avere un po’ di spazio davanti» - dissi ai miei amici - «Andiamo a sederci là». Ora posso dire che quel piccolo lusso che volli concedermi forse mi salvò la vita. Presi la macchina fotografica che portavo sempre con me e cominciai a scattare foto ai giocatori del Liverpool e ai poliziotti a cavallo che giravano per il campo. All’epoca lavoravo come commerciante di frutta, ma la fotografia era la mia grande passione. Ovunque andassi, avevo la mia macchina fotografica.  

Ad un certo punto mi girai, ricordo che guardai il grande orologio che troneggiava sulla curva: erano le sette meno dieci. Passò qualche minuto e mi accorsi che mi muovevo senza volerlo fare, un’onda umana mi spingeva, premeva, mi schiacciava. Mi girai ancora: in alto vidi un ammasso senza senso di persone. Urlavano, spingevano, avevano visi stravolti, le bocche aperte alla disperata ricerca d’aria. L’onda si fece sempre più impetuosa e cattiva. Successe tutto in fretta: cercai di attaccarmi alla rete, ricordo le dita impigliate che mi bruciavano. Gridai aiuto. Una, due tre volte. «Aiuto! Aiuto! Aiuto!». Poi venne il buio. Non ricordo più nulla. Mi risvegliai la mattina dopo, in ospedale, poco prima dell’alba. Non ero lucido, non capivo perché mi trovavo lì. Mi dissero che all’Heysel c’erano stati degli incidenti. Qualcuno mi aveva trovato a terra, svenuto. E mi aveva portato fuori dallo stadio. Da lì, in ospedale.  

Mi allontanai per cercare un telefono e avvisare mia moglie che stavo bene. Lei piangeva, non smetteva di piangere, mi disse che stava stringendo forte mio figlio; io ero confuso, non capivo cosa mi stava dicendo. Girai tra i corridoi dell’ospedale. Vidi un giornale francese. In prima pagina c’ero io: morto. Sono quello con la maglia bianca, nella foto a fianco. A terra, come Gesù, le braccia larghe, il viso da cadavere. Seppi più tardi che quella foto aveva fatto il giro del mondo. L’aveva vista mia moglie, che dalla sera prima non aveva avuto più notizie di me. I miei amici mi avevano cercato, tra i bivacchi fuori dall’Heysel, dove sostavano uomini e altri simili che erano diventati animali. Ma non mi avevano trovato ed erano tornati in Italia. Un medico dell’ospedale mi disse che il re Baldovino era venuto a farmi visita. Più tardi arrivarono anche Sordillo e Matarrese, presidente e vicepresidente della Figc. Avevo il volto tumefatto, varie ferite, gli occhi gonfi, il corpo di un rosso acceso. Ero morto, mi ripetevo. Ero un uomo morto e ora sono vivo. Sono un miracolato. Un sopravvissuto. Non lo so cosa o chi ha deciso che io quel giorno mi salvassi, so che mi sedetti vicino alla rete perché volevo sgranchirmi le gambe. Il 29 maggio del 1985 ero allo stadio Heysel di Bruxelles, settore Z, lì dove è arrivata la morte. Volevo solo vedere una partita, mi sono ritrovato dentro l’apocalisse. Mi chiamo Carmelo Di Pilla, ho sessantasei anni e trent’anni fa sono morto gridando aiuto. Ma poi la vita mi ha ripreso.

 

(testo raccolto da Furio Zara)

* fotografo, il 29 maggio 1985 era all’Heysel

 

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Heysel 2015

La missione del ricordo

Stadi nuovi e lotta alla violenza

ecco il lascito di quella tragedia

Le cause della sciagura Dall'assalto degli hooligans

del Liverpool alle responsabilità degli organizzatori

Trent'anni fa prima della finale di Coppa Campioni a Bruxelles morirono

39 spettatori (32 italiani di fede bianconera), schiacciati nella curva Z

di GUIDO VACIAGO (TUTTOSPORT 29-05-2015)

 

Nel giorno della commemorazione delle vittime dell’Heysel, 30 anni dopo, analizziamo in cinque approfondimenti le cause, i fatti di Bruxelles e i significati che la memoria di quella tragedia possiede ancor oggi, 29 maggio 2015.  

 

1) Cosa successe?

Il 29 maggio del 1985 si giocava la finale di Coppa dei Campioni a Bruxelles, nello stadio Heysel. Disputavano la finale Juventus e Liverpool, le due squadre più forti d’Europa in quel momento. Prima della partita, nella curva dove erano stati sistemati, follemente, sia i tifosi della Juventus (per lo più famiglie, nessun ultrà) che quelli del Liverpool, si scatenò la violenza degli inglesi. Venne divelta la rete da pollaio, che pretendeva di dividere le due fazioni, e gli hooligans del Liverpool caricarono. I tifosi bianconeri arretrarono spaventati e la calca asfissiante iniziò a fare le prime vittime fra coloro che, caduti a terra, vennero schiacciati o non riuscirono a riemergere. La pressione della folla sul parapetto laterale della maledetta curva Z fece crollare il muretto, causando ulteriori vittime, ma dando anche sfogo. In pochi minuti, durante i quali le forze dell’ordine belga assistettero sostanzialmente inermi, morirono 39 persone. La partita si giocò lo stesso, per ragioni di ordine pubblico e per permettere alla polizia belga di organizzare il deflusso dei tifosi, potenzialmente ancora più pericoloso. La Juventus vinse 1-0, ma nessuno potè godere fino in fondo di quella vittoria.

 

2) Di chi fu la colpa?

Certamente delle autorità locali. L’organizzazione della partita fu disastrosa. Venne clamorosamente sottovalutata la pericolosità della tifoseria inglese (ben nota in tutta Europa). Si mise a disposizione dell’evento un numero ridicolmente esiguo di poliziotti. Si mischiarono con decisione demenziale tifosi della Juventus e del Liverpool nello stesso settore, divisi solamente da una rete. Non si aprirono immediatamente i cancelli che potevano rappresentare un varco di salvezza verso la pista di atletica e il campo, durante il terribile momento di schiacciamento. Nessun intervento, da quello della polizia a quello del personale medico, fu tempestivo e tutto sembrò frutto di improvvisazione. Se, per quei 39 morti, ci sono dei colpevoli contro i quali puntare il dito a distanza di 30 anni, questi sono i membri dell’organizzazione della finale, che - di fatto - non pagarono mai.

 

3) Quali furono le colpe degli inglesi?

Le abitudini violente degli hooligans inglesi erano note da diversi anni. Quella notte i tifosi del Liverpool si presentarono, come sempre, completamente ubriachi alla partita e la loro follia si scatenò su tifosi inermi: dall’altra parte della curva c’erano infatti famiglie, bambini e italiani che vivevano in Belgio. La furia demente degli ultrà del Liverpool non si fermò nemmeno di fronte a questo. Va detto che, a differenza degli organizzatori, gli inglesi pagarono e l’Heysel (insieme a Hillsborough) segnò il severo cambio di rotta del governo Thatcher: il piano varato in quegli anni spazzò via il fenomeno hooligans.

 

4) Cosa ha lasciato l’Heysel?

Quella notte è forse, inconsapevolmente, nata la Champions League e il nuovo concetto di Coppe Europee, in cui l’organizzazione degli eventi ha effettuato un salto di qualità. Oggi le probabilità di un nuovo Heysel nelle competizioni Uefa sono minime, forse vicine allo zero. La violenza non è stata estirpata dal calcio, ma si ha maggiore consapevolezza nel gestirla e nel prevenirla. La strada è ancora lunga, soprattutto in Italia, e molto tempo è stato sprecato in questi trent’anni, ma non è passato del tutto invano.

 

5) Perché bisogna ricordare?

Chiunque ami il calcio, ne sia tifoso o solo appassionato, non può concepire che si possa morire per assistere a una partita. Le vittime dell’Heysel devono essere un simbolo per tutte le vittime di una violenza assurda che insudicia lo sport. A Bruxelles non sono morti dei tifosi della Juventus. A Bruxelles sono morti dei tifosi. Chiunque lo sia, quando ne infama la memoria, infama anche se stesso.

 

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Heysel: The night of violence

the game still shamefully ignores

On the 30th anniversary of the Brussels disaster, when 39 people lost their lives at the European Cup Final,

Oliver Brown gathers eye-witness accounts from the darkest day in the history of English football hooliganism

by OLIVER BROWN (THE DAILY TELEGRAPH 29-05-2015)

Mark Lawrenson is a rarity among Liverpool players in that he is even prepared to talk about Heysel. For 30 years it has been the one subject never broached at reunions of the club’s class of 1985, the very name threatening to engender a chill shudder of dread. “It was the elephant in the room,” Lawrenson says. “It wasn’t so much a macho thing, it was just never spoken of. Even in smaller groups, no one mentioned it.”

It remains football’s great taboo, a tragedy where the reminders elicit a sense of universal shame. In Liverpool today, a service at Anfield upon the 30th anniversary of the disaster will pass with but a fraction of the observance or publicity that attends the annual remembrance of Hillsborough. In Brussels, a starkly minimalist ‘In Memoriam’ plaque outside the remodelled stadium, next to an old entrance to the infamous Section Z, might be festooned with a few more flowers than usual. In Turin, mourners will gather for only the second mass dedicated to Heysel in three decades.

At a time when the sport is wedded to a culture of vicarious grief, where black armbands and minutes’ applause are the norm rather than the exception, the failure to find any adequate means of marking a calamity in which 39 fans were crushed or suffocated to death seems a troubling sin of omission.

In the corridors of power, the easiest refuge is found in silence. The Belgian government says nothing, given that an inquiry by Marina Coppieters, one of the country’s leading judges, found it culpable for a catalogue of incompetence. Liverpool remain reticent, since the direct involvement of their supporters in the carnage that engulfed the European Cup final on May 29, 1985, led to all English clubs being banned from continental competition for five years. As for Uefa, president Michel Platini is unlikely to offer a statesmanlike lead, in light of the censure he attracted for celebrating his winning goal for Juventus that evening.

On the surface, the decision to press ahead with the game when 39 corpses lay strewn in the car park stands among the crassest and most insensitive ever taken in sport. The rationale offered at the time by Uefa and the Brussels police, that they were pre-empting further chaos by giving the people what they wanted, sounds today like feeble self-justification.

Football emerges from such a travesty not as a great unifier but as a world divorced from any code of human decency. Back in London, as the desolating stories of human loss poured in from the Belgian capital, the reaction of one national newspaper sports editor reflected a widespread obliviousness to the gravity of what had happened. “Where’s the match report?” he asked.

The juxtaposition of sport and death was an obscenity, an affront to the 39 victims who had perished two hours earlier amid the pandemonium of Section Z. Lawrenson, who played in two consecutive European Cup finals, does not conceal his contempt for the meaninglessness of the 1985 instalment. “Every single player believed that there was no way you could play football on the back of that,” he says. “People dying? Young people involved? We all just thought, ‘No way am I playing football.’ I have never to this day seen a moment’s footage of that match. I have not had the slightest inclination to.”

In one sense, Heysel constituted the logical culmination of English disgrace in Europe. Tottenham supporters had twice been embroiled in ugly skirmishes in Rotterdam, in 1974 and 1983, while Manchester United’s travelling band invited similar ignominy in Saint-Étienne in 1977. But viewed from another angle, the mayhem in Brussels arrived like a bullet from a clear blue sky. The stadium itself was nestled in a leafy suburban district, adjacent to the iconic Atomium sculpture. Plus, the morning of May 29 had dawned peacefully, cloudlessly, as if in anticipation of a joyful crescendo to the European season. Paul Fry, 58, a Tottenham fan who had bought a ticket as a neutral in Section Z, did not detect any immediate harbingers of trouble. “I had been in the centre of town, around La Grand-Place, and there was a lovely atmosphere,” he recalls. “It was a beautiful day, and there was a newly married couple there, being serenaded by the Italians. But while they repaired to local restaurants, the Liverpool fans started to appear with shopping trolleys full of bottles of cheap beer.”

It was, Fry points out, a different era, when football away days offered a far more open invitation to loutish rampages. But the convergence of exuberant Liverpool disciples upon the sedate heart of Brussels proved especially chaotic. “I came over on the ferry, and there were people streaming into Belgium unchallenged,” he says. “Some of them even had tickets marked ‘Brighton’ and had crossed it out with ‘Brussels’. I saw a lot of bad drunkenness. There was a jeweller whose shop windows had been stoned in by fans running wild. There was glass all over the cobbles of La Grand-Place. As the match approached, the mood had changed.”

The Liverpool players, arriving at Heysel in the afternoon for their warm-ups, also noticed a recipe for unrest. Lawrenson’s eye was

Martine Bollu caught, in particular, by the material deficiencies of Section Z. “There wasn’t really any segregation,” he says. “There was just a bit of chicken wire.”

Fry, taking his place in Section Z, became aware of the ghastly consequences. “The area was sparsely populated, and that was one of the reasons why it all kicked off. While Juventus fans had all the space at the far end, Liverpool’s were crammed into one pen. There were far more people in that pen than there should have been. Then they saw the Italians in the corner, holding Juventus flags, and it all turned nasty.”

The horror of this tipping point grew apparent when the Liverpool contingent breached the feeble line of separation, forcing a group of mostly Juventus supporters to flee through the terraces towards a concrete retaining wall. The ferocity of the surge created a terrible crush.

Roberto Lorentini, then 31, a doctor from Arezzo, Tuscany, died as he tried in vain to save the life of Andrea Casula, an 11-yearold boy. His friend Francesco Caremani, whose book Heysel: The Truth, has this month been translated into English, says: “He was fighting to rescue Andrea, the youngest victim. For this he posthumously received a silver medal for civic duty. He died like he lived.” From the Italian side, there have been lurid allegations about the Liverpool fans’ belligerence. Michela Merli, a young woman of 19, told Caremani: “The Reds had knives and rockets.”

Such tales have been vigorously disputed on Merseyside, but certain arguments offered in mitigation – such as the claim by John Smith, the then Liverpool chairman, that the true culprits were National Front members from London – do not hold water. Neutral eye-witnesses in Section Z attest that the provocation sprang from one source only. “It was all one way, from Liverpool to Juventus,” Fry says. “There was nothing coming back. I was right at the back, and bits of rock were breaking off because the fans were just kicking the terraces apart. I understood that something awful was unfolding when somebody got some railings and carted a body off, covered in a big flag. Then an arm fell out from underneath.”

The wall had caved in under the weight of the seething human tumult. But it is a longperpetuated fallacy that this collapse was the primary cause of 39 deaths. Most had perished through lack of oxygen in the desperate jam of bodies, and the wall’s disintegration acted instead as the release of a pressure valve. It was at this juncture that the magnitude of the crisis was made manifest. The infernal scenes that assailed Brussels’ emergency services belonged more to the aftermath of a medieval battle than to a sporting occasion on the outskirts of one of Europe’s quieter capitals.

Martine Bollu, 60, was a social worker attached to the fire department and among the first to glimpse the devastation. “I told myself I had to do this,” she says, replaying in her mind her grisly assignment of identifying bodies. “I was alone with all these bodies, and I was thinking only of the families who were waiting for information. There was one man there, who had a big stomach, and he had a restaurant receipt in his pocket from only two hours earlier. I thought to myself, ‘I hope he had a good time at the restaurant, because it was the last time for him’.”

The psychological traumas were so profound that Bollu felt compelled to write a diary of the night. Twenty years would pass before she could summon the strength to read it back. In one excerpt from her journal, she wonders aloud if the hell of Heysel must be une blague, someone’s macabre idea of a joke. “It was impossible to forget it,” she admits. “There weren’t any doctors I could discuss it with, so I had to write it down. All I knew is that I would never be the same girl again.” n incredulity pervaded the stadium in the 2½ hours between the riot and the delayed, dubious kick-off. One irony is that the Liverpool dressing room was positioned beneath Section Z and yet the team remained none the wiser about the death toll mounting mere yards away. “I remember my stepfather and his pal coming into Heysel,” Lawrenson says. “They were ushered through a VIP entrance, and they were just met by a series of body bags. My stepfather’s mate said, ‘Oh my God, there must have been a bomb’.”

Cocooned in their subterranean safe house, the players knew least of all about the scale of the catastrophe. Survivors of Section Z understood differently. Fry, who was doing freelance shifts on Fleet Street, made his way to the press box to see if he could help in filing copy back to London. En route, the sights were increasingly distressing.

“There were bodies laid out outside, draped in giant flags, but as the police helicopters flew overhead the downdraft was blowing the flags away,” he says. “It made for a gruesome spectacle. There was not even a makeshift tent to put the bodies in. When I finally reached the press seats, I ended up next to Emlyn Hughes, the former Liverpool captain, who was being interviewed on TV. And he was in tears.”

The final, when eventually it started at 9.41pm local time, was an unvarnished sham, a cynical act of appeasement by entertainment. The decisive goal in Juventus’s 1-0 victory came via Platini’s penalty, but the action was immaterial. For Platini, who wheeled around in a state of jubilation at odds with the tragic backcloth to this game, the recollections are awkward. A request to the Uefa president’s office for a statement upon the latest Heysel anniversary went unanswered.

Liverpool, having failed to defend their European Cup title, peeled off into the darkness with Italian chants of “Murderers” at their backs. Lawrenson, though, was already at a Brussels hospital, undergoing an operation after dislocating a shoulder in only the third minute of play. The difficulty was that the hospital was also full of hysterical Juventus fans seeking news of friends or relatives, and demanding the blood of the perceived English perpetrators.

“There were 24 beds in the ward, and there was a bloke in army uniform guarding the end of my bed,” Lawrenson says. “He was carrying a machine gun.” For Lawrenson, the first instinct was to hide away. “As players, for whatever reason, we all felt guilty,” he says. “At the airport the next day, we got spat upon. Even the bus that took us there was surrounded by very irate Juventus fans. We all just wanted to get out of the country.”

From his account, it appears that the received wisdom that Heysel is a disaster lost to the mists of time, overlooked due to the passing of history, is misleading. Indeed, the rush to forget in 1985 was as instantaneous as it was unseemly. Lawrenson discloses: “Within a few days of getting back, I went to a service at the Catholic Cathedral in Liverpool – and it didn’t get a mention.”

Even Juventus, on whom the impact had been most grievous, did not exactly coat themselves in glory. So intoxicated were the players by their maiden European Cup triumph, singing and doing laps of honour, that they neglected to pay due heed to the appalling human cost.

The sanctions against Liverpool were draconian, as they confronted a six-year exile from Europe. Margaret Thatcher, the Prime Minister, having said that Heysel had left her “worse than numb”, declared: “Those responsible have brought shame and disgrace to their country.”

Heysel today is commemorated with a striking understatement. Look closely at the memorial on the site itself, since rechristened the King Badouin Stadium, and one discovers the inscription of a WH Auden poem taught in every seventh-grade English class as an elegy to the shattering nature of loss: Stop all the clocks, cut off the telephone, Prevent the dog from barking with a juicy bone, Silence the pianos and with muffled drum Bring out the coffin, let the mourners come. The mourners will congregate, in an all too rare display of collective grief, at the church of Grande Madre di Dio in Turin today. A smattering of sympathisers will also turn up at Anfield, not that the event is receiving much advance notice. The resentment at Juventus towards Liverpool over Heysel is still awfully raw. The bianconeri have an opportunity next Saturday night in this, the 30th anniversary year, to be anointed champions of Europe for a third time, but they continue to spurn any efforts at rapprochement.

Lawrenson concedes: “If they take the olive branch from Liverpool, it is tantamount to saying, ‘We exonerate you and your club for what happened’.”

The absence of reconciliation is just one more sorrowful legacy of a tragedy that dare not speak its name. It was a moment in football so grotesque that the straightforward act of honouring the dead seems somehow banal and insufficient. Thirty years on, the hurt of Heysel is impossible to erase.

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El partido que jamás debió existir

Hace hoy 30 años, 39 personas perdieron la vida en el Estadio de Heysel minutos

antes del comienzo de la final de la Copa de Europa entre Juventus y Liverpool. Una

catástrofe televisada que conmocionó al mundo y manchó la imagen del fútbol para siempre.

por DENÍS FERNÁNDEZ (LA TERCERA 29-05-2015)

Sucedió el 29 de mayo de 1985, en Bruselas. Los dos mejores planteles de fútbol del momento iban a medir sus fuerzas en la final de la Copa de Europa, pero otros lo hicieron antes, en su nombre. Los medios de comunicación habían acuñado aquel duelo como el Partido del Siglo, por el tremendo potencial de los contendientes. La hegemonía del fútbol europeo estaba en juego. Pero sólo eso. La génesis de la tragedia consistió, tal vez, en pensar que eso era demasiado.

Se trataba de dos conjuntos de leyenda. El flamante Liverpool de Phil Neal, de Ronnie Whelan, de Ian Rush, de Kenny Dalglish, defensor del cetro continental; y la pujante Juventus de Scirea, Boniek, Tardelli, Paolo Rossi o Michel Platini, responsables (los tres primeros) de la consecución del Campeonato del Mundo para la Azzurra tres años antes. Era además un partido con un precedente cercano, el triunfo 2-0 de la Vecchia Signora ante la escuadra red por la final de la Supercopa de Europa, hacía menos de un año.

Faltaba aproximadamente una hora para que arrancase la revancha, para que comenzase la fiesta, para que el fútbol eligiera a su nuevo campeón de manera soberana. Menos de 60 minutos de espera para las más de 60.000 personas que aquel día abarrotaban el estadio.

En la zona Z del recinto, fatal punto de encuentro entre barristas de uno y otro equipo, comenzó a escribirse, hace hoy 30 años, una de las páginas más negras de la historia de este deporte. Una avalancha humana, provocada por la violenta irrupción de un numeroso grupo de hooligans británicos, procedentes del sector contiguo, en una zona con mayor presencia bianconera, se cobró la vida de 39 personas y dejó cerca de 600 heridos.

Los hinchas, en su mayoría de nacionalidad italiana, pero también belgas, franceses y británicos, murieron asfixiados en su afán por escapar de la emboscada, aplastados contra las vallas de seguridad, a escasos metros de una cancha que, inexplicablemente, albergó dos horas después un partido de fútbol.

Ganó la Juventus, con un injusto gol de Platini desde los doce pasos. Aproximadamente la misma distancia que separaba el pasto del lugar donde yacían todavía algunos cadáveres. Un gol y 39 muertos. Ésos fueron los datos de aquella final, el triste saldo. “Algo dentro de mí murió aquel día”, llegó a declarar, tiempo después, el fantástico ex delantero galo.

Porque si bien la de Heysel no fue la mayor tragedia de la historia del fútbol en términos de mortalidad, sí que fue la que hizo contraer a este deporte su deuda más importante. Y replantearse su existencia. Y avergonzarse. Porque el 29 de mayo de 1985 el fútbol le faltó al respeto a la vida, y a sí mismo.

Ni siquiera el propio Bill Shankly, legendario entrenador del Liverpool en la década de los 60 y los 70, y padre de la célebre frase (“el fútbol no es una cuestión de vida o muerte; es mucho más que eso”) habría podido entender lo sucedido aquella tarde. Murió cuatro años antes de que, en Heysel, el fútbol se inmolase.

Las medidas adoptadas tras lo sucedido fueron ejemplares, pero terminaron por estigmatizar al fútbol británico en su conjunto, acusado de complicidad con el hooliganismo, movimiento de hinchas violentos y radicales en pleno auge en los años 80. Poco más de una decena de barristas del cuadro red, identificados como responsables de los hechos gracias a las imágenes difundidas por televisión, fueron condenados a tres años de prisión; los equipos británicos, privados de participar en competencias internacionales por espacio de cinco años; y el Liverpool, castigado con una década de suspensión lejos de sus fronteras, para la que más tarde lograría un indulto de cuatro años. Ni la UEFA, ni las respectivas federaciones, ni los responsables de seguridad del estadio, fueron señalados.

La Tragedia de Valley Parade, acaecida en Bradford, 18 días antes, que se cobró 56 víctimas mortales a consecuencia del incendio de una de las tribunas; y, especialmente, la Tragedia de Hillsborough, en 1989, que se saldó con 96 hinchas del Liverpool muertos por aplastamiento en un duelo ante Nottingham Forest, precipitaron la publicación del Informe Taylor, llamado a erradicar la violencia del mundo del fútbol.

Importantes medidas de seguridad fueron aprobadas y más tarde implementadas en los estadios británicos y europeos a raíz de la aparición de este influyente informe. La eliminación de los sectores sin asientos fue una de las principales novedades que trajo tras de sí la era post-Heysel, pero no la única. Numerosas reformas fueron acometidas tomando en cuenta las recomendaciones recogidas en el documento, redactado por petición expresa del gobierno británico, presidido entonces por Margaret Thatcher.

30 años después de aquella lúgubre noche, muchas cosas parecen haber cambiado. El Estadio de Heysel no volvió a albergar nunca más un partido de fútbol, hasta que en 1995 cambió su nombre por el que ahora ostenta, Estadio Rey Balduino, luego de ser completamente remodelado. El equipo de Merseyside tardó 16 años en levantar un título internacional (concretamente la UEFA, en 2001), y los hinchas de Juventus, que disfrutarán de una nueva final el próximo 6 de junio, no han dejado de honrar a sus fallecidos durante todos estos años.

Hoy se cumplen tres décadas de la tarde en la que el fútbol vio ensuciada su imagen. 30 años del partido que jamás debió jugarse.

 

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CLAUDE SCHAULI

Journaliste envoyé au Heysel par la TSR pour

un reportage sur la violence chez les fans de foot

par FRÉDÉRIC LOVIC (LE MATIN 29-05-2015)

«Je n’oublie jamais cette date du 29 mai et ce qui s’est passé en 1985, quoi qu’il arrive. A l’époque, nous voulions réaliser une émission pour «Temps présent» sur la violence chez les supporters. Il fallait cibler les événements où des débordements pouvaient se produire. Cette finale nous paraissait propice à ça. Mais il va sans dire que nous n’avions jamais imaginé une telle horreur. Les visages de ces gens qui étouffent, écrasés contre les grillages, leurs yeux exorbités, mais aussi ce sentiment de panique tout autour de nous… On sentait même cette terrible angoisse ambiante sur les visages des policiers. Pour ce reportage, nous avions sollicité une équipe de tournage de la RTBF. Elle était présente en dehors du stade. Elle était emmenée par mon réalisateur, Pierre Demont. Comme la police belge nous avait affirmé qu’il ne se passerait rien dans le stade, nous voulions assurer le coup. Au final, cette équipe avait enregistré les images insoutenables des morts évacués de ce stade vétuste, tandis que nous avions tout le déroulé du drame vécu depuis l’intérieur. L’équipe de la RTBF avait décidé d’envoyer très vite à l’Union européenne de radiotélévision une cassette de 20 minutes. Dès 22 h, ces images morbides étaient déjà disponibles dans le monde entier. Par contre, nous étions les seuls à même de montrer comment s’étaient passées les choses, grâce aux images prises avec mon cameraman, Bernard Raymond, et mon preneur de son, Pierre-André Perret. Nous avions travaillé dans un énorme état de stress pour pouvoir proposer notre émission huit jours après ces événements. Revoir 50 à 60 fois ces scènes terribles pour les mettre bout à bout, ça marque à vie. Mais je ne peux pas dire que ça me hante, même si je ne minimise bien sûr en rien ce qui s’est passé.»

GEORGES SANDOZ

Juge de touche lors de la finale de la Coupe

d’Europe des clubs champions au Heysel

par FRÉDÉRIC LOVIC (LE MATIN 29-05-2015)

«Sans votre coup de téléphone, je ne me serais pas rappelé qu’on s’apprêtait à vivre le 30e anniversaire de cette triste soirée. Le match avait débuté avec plus d’une heure de retard. Le maire de Bruxelles avait demandé à mon collègue André Daina, l’arbitre principal de la partie, s’il fallait jouer ou non. André avait dit: «On y va.» Avec mon collègue juge de touche, on l’avait suivi sans réfléchir. C’était le chef. Nous étions pleinement conscients du drame qui s’était produit auparavant. Je me rappelle encore les brancards sur lesquels les blessés étaient allongés. Il fallait les enjamber pour rejoindre le rond central afin de donner le coup d’envoi. On pratiquait de la médecine de guerre dans les entrailles du stade au moment où nous avions lancé la finale. Je me rappelle aussi de ce but marqué sur un penalty hélas inexistant (ndlr: à la 56e par Michel Platini) et de ses conséquences pour moi. Comme je courrais le long de la touche située devant les fans anglais, j’avais passé le reste du match à regarder davantage les tribunes plutôt que le terrain, histoire d’éviter les cailloux qu’on me lançait. Avec le recul, je reste persuadé d’un élément fondamental: faire jouer cette finale malgré tout fut la bonne décision. Je n’ose pas imaginer les débordements qui se seraient produits si nous avions décidé d’annuler. Par contre, les célébrations des joueurs de la Juventus après leur victoire me laissent un souvenir étrange, vu les circonstances dans lesquelles ce match avait eu lieu. Le moins que l’on puisse dire est qu’ils ne s’étaient pas montrés sous leur meilleur jour sur ce coup-là.»

 

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Edited by Ghost Dog

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HEYSEL nello stadio della morte

Il nostro inviato rievoca la folle notte di Juve-Liverpool che costò 39 vite

di GIUSEPPE TASSI (LA NAZIONE 29-05-2015)

Bruxelles bruciava al sole in quel pomeriggio del 29 maggio. La Juve era arrivata dai profondi silenzi del ritiro di Ginevra, salutata da un tifoso speciale, il giovanissimo Emanuele Filiberto di Savoia, allora tredicenne. Lungo le vecchie strade del centro storico e sotto la statua del Manneken Pis sfilavano senza conflitti apparenti i branchi del Liverpool e i tifosi bianconeri. Odori forti di birra e sudore, un clima di attesa crescente per la finalissima dell’Heysel distante poche ore e una colonna sonora ossessiva, martellante: «Liverpool, Liverpool, Liverpool, you’ll never walk alone», l’inno della squadra inglese, la religione musicale del Kop, il cuore del tifo di Anfield Road.

Il piccolo stadio belga si popolò con largo anticipo, come sempre succede nelle grandi manifestazioni, dilatando quella lunga vigilia. I tifosi juventini che avevano prenotato attraverso tour operator si sistemarono nei settori M ed N, lontani dai supporter del Liverpool. Quelli che invece si erano organizzati in proprio furono convogliati nella curva Z, divisa a metà da una sottile rete di protezione: da una parte i Reds, dall’altra il popolo bianconero.

Il maledetto Heysel era uno stadio palesemente inadeguato alla finale di Coppa dei campioni non solo per le piccole dimensioni, ma perché era un impianto fatiscente. Dalla curva Z si staccavano calcinacci che divennero armi primordiali nelle mani degli «animals» del Liverpool. Dopo qualche coro minaccioso contro gli juventini presero a piovere proiettili di argilla seccata. Nella semicurva italiana cominciò il fuggi fuggi, interpretato dai Reds come un segnale di resa. Falangi di tifosi del Liverpool si scagliarono a ondate verso la ridicola rete divisoria fino a farla crollare. Il loro obiettivo era l’invasione, volevano cacciare gli italiani e tenersi la curva Z tutta per loro. Dalla tribuna stampa la scena parve subito agghiacciante. Premuti da quella massa di folli guerriglieri da stadio, i tifosi italiani cercarono una via di fuga da una scala laterale, mentre i pochi agenti di polizia distribuivano manganellate proprio ai nostri per riportare la calma. Stretti in quell’imbuto di paura, molti cominciarono a correre all’impazzata verso l’uscita e un muretto di supporto crollò all’improvviso. Quella calca infame cominciò a rapire una vita dopo l’altra. Fra i corpi laceri e calpestati la morte arrivò per colpa della paura: molti finirono col torace sfondato travolti dalla massa dei tifosi in fuga, altri cercarono invano l’ultimo refolo d’aria prima di morire per asfissia.

Ricordo che mi catapultai dalla tribuna stampa per raggiungere il ventre dello stadio. Avevamo la percezione della tragedia in atto, anche se lo speaker ufficiale continuava a rassicurare il pubblico, invitando i tifosi alla calma, chiedendo loro di non abbandonare il posto.

Quando raggiunsi l’ampio corridoio ad anello che circondava lo stadio, vidi quello che temevo: una decina di corpi senza vita accatastati uno sopra l’altro, maschere di sangue, volti tumefatti con i segni neri delle suole sui volti calpestati. Custodi di quella tragedia due poliziotti a cavallo, simboli viventi dell’impotenza degli organizzatori, dell’imprevidenza dell’Uefa e del governo belga.

Mentre correvo verso la postazione telefonica per raccontare la scena al mio giornale e ai colleghi Italo Cucci e Sandro Picchi, vidi torme di tifosi juventini chiedere ansiosamente di entrare in tribuna stampa per rassicurare parenti e amici o per raccontare i dettagli di quella tragedia che si consumava.

Intanto i giocatori erano chiusi negli spogliatoi con notizie vaghissime su quanto stava accadendo. Sarebbero entrati in campo un’ora e mezzo dopo, su espressa richiesta dell’Uefa e della prefettura di Bruxelles, per evitare che le due fazioni del tifo scatenassero una guerriglia fuori dallo stadio. Mentre la polizia convocava reparti militari, allestendo un tardivo servizio di sicurezza, i giocatori scesero in campo per giocare quell’assurda finale. La Juventus vinse con un gol di Platini, mentre la famigerata curva Z era ormai un tragico moncone, con i soli tifosi del Liverpool su un lato e un vuoto agghiacciante dall’altro. La morte aveva preso il posto della gioia e dell’euforia dei tifosi juventini.

Ignari della tragedia, alcuni giocatori bianconeri si concessero un assurdo giro di campo con la Coppa insanguinata. Ma il giorno dopo, sul volo di ritorno verso Torino, quando il bilancio della tragica notte dell’Heysel fu chiaro a tutti, la grande Coppa con le orecchie rimase desolatamente abbandonata su un sedile.

 

Ci hanno fatto fare gli attori

Ma fu sbagliato festeggiare

di PAOLO ROSSI (LA NAZIONE 29-05-2015)

Sono passati trent’anni ma ancora oggi raccontando a tv e giornalisti di mezzo mondo quel maledetto giorno mi resta un grande dolore. Noi avevamo avuto la percezione, dallo spogliatoio, che qualcosa fosse successo: erano arrivate voci che c’erano due o tre morti, qualcuno disse addirittura sette. Ma eravamo lì in balia degli eventi. Nessuno sapeva che erano già morte 39 persone: dalle 20.15 alle 20.45 addirittura siamo rimasti chiusi nello spogliatoio, era uscito soltanto Scirea per leggere il comunicato ai tifosi. Vedevamo arrivare gente ogni tanto per farsi medicare, ma la verità era lontana per noi. Così, senza che nessuno ci dicesse nulla, abbiamo giocato quella partita: siamo stati attori incolpevoli e, rivedendo i fatti a distanza di tempo, capisco che fosse giusto giocare per evitare che succedesse qualcosa di ancora più grave. Quello che non si doveva fare invece assolutamente erano i festeggiamenti. Qui sono mancate completamente le istituzioni: dico l’Uefa, i dirigenti, il Comune, il Questore, qualche dirigente della Juve. Non dico questo per discolpare i giocatori: ma perchè non eravamo assolutamente al corrente di quanto successo. Soltanto alla fine, nello spogliatoio o addirittura quando siamo saliti sul pullman, ci hanno informato di quello che era realmente successo. E dopo purtroppo ho anche visto quella serie di corpi senza più vita a terra, sotto il muro crollato. Da questo tragico evento, in trenta anni, gli inglesi hanno tratto spunto per rinnovare gli stadi e sradicare il tifo violento: noi invece abbiamo fatto poco, e se per il derby di Roma servono duemila agenti significa che quella lezione purtroppo a noi non è servita.

 

La testimonianza Maurizio Maggi: «Tutti correvano verso il campo, era un inferno»

«Io e papà senza pensarci di corsa verso l’alto

E fu soltanto così che riuscimmo a salvarci»

di FEDERICO D'ASCOLI (LA NAZIONE 29-05-2015)

«Dai babbo, portami a Bruxelles». La prima partita della Juve allo stadio è un regalo speciale, indimenticabile per Maurizio. Non è una partita qualsiasi: è la più importante d’Europa, la finale dell’unica coppa che manca a Madama. Ma babbo Roberto non si fida: i biglietti trovati all’ultimo tuffo con un’agenzia di viaggi sono per un settore di curva. Troppi rischi per il figlio Maurizio che non ha ancora 14 anni. Alla fine, però, cede alle insistenze del ragazzo. Destinazione Heysel di Bruxelles, rima che riecheggia la baldoria crudele, la violenza ebete e il carosello assurdo del 29 maggio 1985. Trent’anni fa, oggi.

«Sarebbe stata la mia prima volta con la Juve dal vivo, in finale di Coppa dei Campioni: quando mio padre mi disse sì ero al settimo cielo – racconta Maurizio Maggi che oggi ha 44 anni – sembrava una grande festa: la mattina arrivammo nella Grand Place e scambiai la sciarpa con un ragazzo del Liverpool. Ma all’arrivo allo stadio il clima era cambiato. Mio padre stava sempre voltato a sinistra, verso i tifosi inglesi: erano fuori di testa».

Roberto e Maurizio si guardano diritti negli occhi come mai prima, sulla collinetta dietro al muro alto due metri che hanno appena scavalcato. Sanguinano, feriti dal filo spinato. Sentono grida e lamenti che arrivano dal loro settore, il settore Z, quello dei 39 morti schiacciati, soffocati, calpestati. Oltre quel muro, il loro confine tra la vita e la morte, lo spettacolo va avanti. Ci sono le parole di Scirea all’altoparlante, il fallo su Boniek fuori area, l’esultanza di Platini dopo il rigore e il giro di campo con la coppa dalle Grandi Orecchie. Ma babbo e figlio non li vedono dai gradoni logori e friabili dell’Heysel. «Tra sirene di ambulanze e cariche della polizia – ricorda Maggi – cercammo i nostri compagni di viaggio e un telefono per tranquillizzare i parenti. Poi siamo tornati in albergo sgomenti, senza preoccuparci della finale in corso».

Tra quelli che viaggiavano con loro da Arezzo due non si salvarono. Roberto Lorentini, medico di 31 anni aveva schivato la prima carica. Tornò indietro per tentare la respirazione artificiale ad Andrea Casula, la vittima più giovane di quella carneficina, 11 anni, ma fu ucciso da un’altra ondata hooligan. Morì anche Giuseppina Conti, 17 anni appena.

«Tutto iniziò con un rumore assordante. Aveva ceduto la rete tra i due settori – ricorda – i tifosi della Juve scappavano verso di noi in preda al panico. Volava di tutto, bottiglie, calcinacci, mattoni. Chi inciampava era perduto».

«Noi ci siamo salvati solo perché io, senza pensarci, sono scappato verso l’alto invece di andare giù verso il terreno di gioco dove c’erano i cancelli e la via d’uscita più diretta – riflette Maurizio Maggi – invece lì si concentrò la calca, la polizia manganellava, venne giù il muro. Solo grazie alla forza della disperazione riuscimmo a scavalcare, arrampicandoci su un vespasiano. Ho visto tante persone travolte. Mio padre aveva i mocassini e non si è mai spiegato come possa aver fatto a seguirmi di là dal muro...».

Quella notte, la notte in cui l’innocente magia del calcio si spense, rimarrà sempre sospesa tra i pensieri di Maurizio: «Per qualche anno non sopportavo gli spazi chiusi, in mezzo alla folla non ero a mio agio. Ora, col tempo, tutto è passato per fortuna».

Trent’anni cancellano le paure ma non quel delirio al tramonto che ci fece sentire vuoti, sfiniti e perduti di fronte a una partita di calcio. Trentanove volte di più.

 

Anthony e Gian Luca, le due curve in un libro

di MATTEO MASSI (LA NAZIONE 29-05-2015)

«Bodini ha la faccia da terzino. E poi ha giocato la finale di Supercoppa. Questa volta tocca a Tacconi». Parlano così Mich, Angelo, Charlie e Miranda (che è maschio ma lo chiamano in quel modo in onore della zia tabacchina). Sono arrivati all’Heysel, confondendo qualche «dare precedenza» con la loro R4 dalla Valchiusella, nel Torinese. Chissà che cosa sta pensando invece, Christy, a Liverpool lo chiamano il Monk, l’altro protagonista del romanzo «Il giorno perduto» (66thand2nd editore) scritto a quattro mani da un inglese, Anthony Cartwright, e da un italiano, Gian Luca Favetto.

Nei loro occhi, prima della tragedia, una sola immagine: la Grand Place di Bruxelles. Il luogo della festa sperata. È l’unico monumento della città che mette tutti d’accordo. La piazza giusta per festeggiare. Ma non sarà una festa. Nemmeno per la Juve che alzerà la sua prima Coppa Campioni. È la notte dell’Heysel. I due autori del libro, a trent’anni di distanza, provano a raccontare con quattro personaggi il prima e il durante (più che altro fuori dallo stadio). Perché il dopo è ancora difficile da raccontare nonostante siano passati sei lustri. Anche se i due capitoli, quello iniziale e quello finale, sono ambientati nel 2015.

Le storie dei protagonisti si intrecciano e sono direttamente legate al loro rispettivo contesto. C’è la normalità, talvolta difficile, raccontata in questo 1985 scandito dall’approssimarsi di questa finale di Coppa Campioni. Che finirà poi con lo squarciare definitivamente quella normalità e mostrare in mondovisione il sangue e l’orrore in quella che doveva essere solo una partita di calcio.

 

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IL TEMPO 29-05-2015

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29 maggio 1985, Juventus-Liverpool era solo la finale di Coppa Campioni: divenne la notte più

buia del calcio. Gli hooligans, l’invasione del settore Z, i 39 morti: una ferita ancora aperta

PER NON DIMENTICARE

di PIERO BIANCO (LA STAMPA 29-05-2015)

Chi fa un viaggio all’inferno non può, e non deve, dimenticare. Mai. Soprattutto chi ha avuto in sorte un biglietto di ritorno alla vita, non quello maledetto di sola andata che dirottò 39 tifosi juventini (32 italiani) a morire come bestie nel settore Z dello stadio Heysel di Bruxelles. Dove l’inferno calò improvviso e impietoso mercoledì 29 maggio 1985. Doveva essere una grande festa dello sport quella finale di Coppa Campioni tra Juventus e Liverpool, fu invece un’apocalisse senza pari. Un film dell’orrore che scorre indelebile, oggi come trent’anni fa, nella mente di chi c’era e vide lievitare, come un malefico tsunami, l’onda barbarica che caricava, calpestava, uccideva. Quegli inglesi che ammazzavano urlando e ridendo, ebbri di alcool e di follia. Minuti, ore interminabili, immersi nel delirio, dopo l’incredulità iniziale: «Sta succedendo davvero?». Difficile persino raccontare quanto l’uomo possa scendere in fondo agli abissi dell’animo mentre sventola la bandiera di una insana passione sportiva. Ma all’Heysel le responsabilità erano reali e evidenti, sebbene dopo sei anni di processi farseschi agli organizzatori e ai responsabili del servizio d’ordinetuttosia svanito inunabolla di sapone.Nonil ricordo: quello si tramanderà nei secoli. Come il flash-back della notte maledetta, un nastro che si riavvolge a ogni anniversario.

L’invasione del settore Z

Come è successo? E perché? Quel film dell’orrore ha un prologo inquietante, l’assalto degli hooligans ai pacifici tifosi bianconeri nella Grand Place, cuore di Bruxelles. Sono le 12 e le eleganti vetrine del centro vanno in frantumi, i seggiolini dei dehors volano in aria. Gli inglesi sono già ubriachi fradici. La polizia li disperde, li sottovaluta, loro si dirigono allo stadio come mandrie imbizzarrite. Alle 18.15, due ore prima del fischio d’inizio l’Heysel, fatiscente e inadeguato per una finale di Coppa, è già stracolmo. La curva Z è un settore neutro, dovrebbero esserci solo belgi a fare da cuscinetto tra inglesi e italiani. Invece i biglietti sono finiti anche a molti juventini, felici di aver incrociato i bagarini. Gli hooligans ringhiano vicini, troppo, separati da pochi e impreparati agenti. Mezz’ora dopo partono lanci di sassi ai bianconeri. Un razzo esplode, l’onda assassina ondeggia minacciosa. Poi, il finimondo. Altri hooligans, senza biglietto, premono dall’esterno della curva per entrare. Sono le 19.22. Due minuti dopo, il secondo assalto: irrompono centinaia di hooligans in un settore già strapieno. Crolla il debole muro di sostegno, la folla è travolta dai calcinacci, schiacciata dalla furia dei teppisti, sempre più eccitati. Chi cerca riparo verso il campo viene respinto a manganellate dalla stupidità dei 120 poliziotti di servizio, che non ci capiscono nulla. Sembra una guerra. Feriti in cerca di soccorso negli spogliatoi, dispersi che cercano parenti e amici. Il caos totale.

In tribuna stampa si vede che sulla sinistra, settore Z, la folla tenta di scappare. Ma arrivano notizie imprecise. L’unica certezza: «Ci sono dei morti». Corriamo a vedere, cerchiamo di capire. Bruno Pizzul, in diretta Rai, tenta di non trasmettere il panico a chi ha parenti allo stadio. L’era degli smartphone e delle tragedie in diretta mediatica è ancora lontana, non ci sono cellulari né telefoni funzionanti, solo le postazioni fisse dei giornalisti, che vengono prese d’assalto. «Fate un numero, per favore, dite a mamma che sono vivo». Decine, centinaia di suppliche. Si dovrebbe giocare,ma la partita non comincia.

«Si deve giocare»

Giù, nell’antistadio, la guerra continua. La Croce Rossa allestisce una tenda davanti alla tribuna centrale e leprime salme vengono raggruppate proprio lì, molte incustodite, altre abbracciate dallo strazio di amici e parenti. Arriva Gianni Agnelli e intuisce che non sarà una serata di sport: scende per un istante dalla sua limousine e subito ci risale. L’Avvocato se ne va, turbato, mentre il figlio Edoardo (dirigente della Juventus) è dentro gli spogliatoi, dove i giocatori già sanno. Non tutto, ma sanno. Dicono a Trapattoni e Boniperti che non giocheranno: «Non avrebbe senso». D’accordo anche i giocatori del Liverpool, però il capo della polizia Mahieu e il sindaco di Bruxelles, Brouhon, ordinano di scendere in campo «per evitare una guerra civile». Scirea, il capitano, legge un messaggio alla folla: «Amici, restate calmi, giocheremo per voi».

La partita comincia alle 21,43 in un clima surreale. Davanti alla tv, in Italia, c’è anche Sandro Pertini, con milioni di tifosi. Pizzul racconta, accenna a morti e feriti senza aggiungere dettagli e senza mai drammatizzare. Boniek viene atterrato (fuori area), Platini trasforma il rigore e poi solleverà il trofeo («Un omaggio ai tifosi caduti», dirà dopo per stemperare le polemiche), la Juve vince una coppa come mai, nemmeno nel peggiore degli incubi, avrebbe immaginato. All’Heysel si contano ancora i morti. Quaranta ambulanze e decine di taxi fanno la spola con gli ospedali per trasportare i feriti. Non c’è gioia, solo disperazione. La notte è lunga e drammatica, una folla di disperati vagabonda per tutta Bruxelles, ospedale dopo ospedale, con il cuore in gola, nella speranza di sentirsi dire: «Sì, è ricoverato qui». E ricevendo quasi sempre un no. Un viaggio del dolore tra l’ospedale di Jette e quello francese, il Saint-Pierre, la clinica Saint-Jean. Il caos resta totale, nessuno fornisce identità certe, soltanto il passaparola dei superstiti guida quelle penose ricerche.

L’alba dell’orrore

Quando cade l’ultima speranza, parenti e amici delle 39 vittime vengono dirottati all’obitorio. È già mattina. Il giorno dopo. Due ore di attesa e si spalanca una porticina sul retro: la folla silenziosa finalmente viene ammessa e scopre - noi con loro - uno stanzone spoglio. Altra interminabile attesa. Ore e ore. Proteste, lacrime. Non può essere carino un ospedale militare adibito a obitorio, ma qui non c’è rispetto: né per i vivi, né per i morti. Chi cerca il figlio, chi un amico, la moglie, il padre, il fratello: dove sono?

Nel pomeriggio di quel 30 maggio 1985 re Baldovino e la regina Fabiola entrano improvvisamente nello stanzone per abbracciare, una ad una, tante persone sconvolte. Stringono mani che tremano di rabbia: «Mi dispiace, scusateci, faremo di tutto per aiutarvi». Baldovino ha negli occhi un dolore autentico, non recita un copione. Per il suo Belgio è stata una vera debacle. Il re resta mezz’ora a consolare gli inconsolabili, poi se ne va e si spalanca la porta sull’orrore: entrate, sceglietevi pure il vostro morto. I corpi sono allineati sul pavimento, buttati lì senza pietà. Ancora sporchi e insanguinati, come erano stati raccolti la sera prima nello stadio maledetto. Esplode furibonda l’ira dei parenti: una vergogna, un insulto. Solo il giorno dopo infermieri pietosi metteranno una pezza, prima dell’autopsia e del mesto rientro delle salme su un aereomilitare. A Bruxelles i feriti, visitati tre giorni dopo da Platini e da alcuni dirigenti juventini, continuano a domandarsi come e perché tutto questo sia successo.

 

“Una sconfitta per tutti

E ora chiedo scusa per la nostra esultanza”

Tardelli: “Penso sempre a chi ha perso un figlio”

di MASSIMILIANO NEROZZI (LA STAMPA 29-05-2015)

Marco Tardelli il 29 maggio 1985 aveva 31 anni e 90 minuti da giocare per prendersi quella Coppa dei Campioni che sola mancava in una bacheca da cinque scudetti e altrettante coppe: che cosa si ricorda della notte dell’Heysel?

(sospiro) «Ho cercato di cancellare tutto, questa è la verità. Ma purtroppo non si cancella niente di quella serata. In cui tutti hanno perso e nessuno si è salvato. Nemmeno, e soprattutto, quei poveretti che ci hanno lasciato la vita. È stata una delle più brutte cose nella storia del calcio, insieme a ciò che successe in Inghilterra quattro anni più tardi, la tragedia di Hillsborough».

Quante volte ci ripensa?

«Tante. Era l’unica Coppa dei Campioni che avevamo vinto, ma che non è una vittoria. Perché, per quel che accadde, non si può dire che abbiamo vinto. E poi, quando arriva il 29 maggio, tutti gli anni te la ricordi, quella notte».

Ne ha mai parlato a suo figlio?

«Una volta o due, non di più, oggi ha 24 anni, perché mi fa male. Con lui vorrei parlare dello sport, invece quella fu immensa stupidità, neanche violenza. Fatta di scelte della polizia belga che neppure un bambino avrebbe preso; e di tifosi inglesi ubriachi».

La domanda che s’è fatta ossessione: perché avete giocato?

«Perché non giocare quella partita non era possibile, o almeno così sembrava quella sera: la polizia aveva paura della rivolta degli italiani, che invece si comportarono benissimo. E la Uefa voleva farla giocare. Inutile dire ora che fu una cosa abbastanza dura, dopo quel che era successo».

Trent’anni dopo cosa dice?

«Che si poteva rinviare».

Quando si accorse delle dimensioni della tragedia?

«La verità è che la tragedia non l’abbiamo valutata bene quella sera, perché non l’abbiamo vista. Io la vidi il giorno dopo in tv, quando arrivai in Messico, dove andammo per la tournée con la Nazionale».

Che effetto le fecero quelle immagini?

(pausa) «Bruttissimo. Bruttissimo».

Quella notte ci fu chi esultò: che ne pensa ora?

«Chiedo scusa. Chiedo scusa se in qualche momento ho esultato per la vittoria: perché probabilmente l’ho fatto anch’io. Rivedendo il tutto, chiedo scusa per quello. E per quello che non hanno fatto gli altri per salvare quelle persone».

Si racconta che Platini avesse già fatto la doccia prima della partita, convinto di non giocare: vero?

«Non lo so. Ma qualcuno aveva già deciso di non giocare: il problema è che non stava a noi prendere quella decisione. E non c’era la possibilità di farlo. Magari giocare fu la cosa giusta, per timore di altri disordini, peggiori».

In campo come andò?

«I giocatori del Liverpool furono eccezionali. E poi ci fu quel rigore: non dubbio, ma molto, molto dubbio. Un rigore che non c’era. Era fallo fuori area, ma intendiamoci, può capitare: non dico che sia stato fatto apposta. Però è capitato».

Gli inglesi vi dissero qualcosa?

«Alla fine Grobbelaar, un portiere vivace, uno che si ricorda, salì sul pullman mentre ce ne stavamo andando, per scusarsi di quello che era accaduto, e per i tifosi inglesi. Fu una cosa carina».

«Quella notte ci rubarono anche un sogno sportivo», ha detto Antonio Cabrini, suo compagno: che ne pensa?

«Che ci hanno tolto la gioia di una Coppa dei Campioni che cercavamo da sempre. Tutto rovinato dalla stupidità e, ripeto, dal molto poco saper fare della polizia belga, che fece errori clamorosi».

La tragedia dell’Heysel ci ha insegnato qualcosa?

«In Italia direi proprio di no: non ci ha insegnato tanto. Ma qui siamo molto bravi a dire: “Da oggi è finita”. Invece mi sembra che siamo ancora al 1979, quando Paparelli, tifoso della Lazio, fu ucciso da un razzo. S’è cominciato a dire tolleranza zero, invece succedono sempre le stesse cose. Non si fa niente, o poco. Almeno in Inghilterra hanno cancellato gli hooligans: detto fatto».

Siamo davvero agli Anni 70?

«Guardi il derby di Roma, che dicono sia andato bene: solo due accoltellati. Solo».

Ha mai parlato con un tifoso che era all’Heysel?

«No. Meno ne parlo, meglio è: è stata una delusione, per me, immaginate per i tifosi che c’erano e il dramma di chi c’era ed è morto. Ci sono dei ragazzini che non si sono più avvicinati al calcio. Ricordo di un bambino con suo padre, choccato».

Quella Coppa dove dovrebbe stare adesso?

«Ovunque, non me ne frega nulla, non mi interessa. I problemi sono altri: un papà che ha portato un figlio a vedere la partita e ora non c’è più».

 

“L’Avvocato lo disse subito,

questa partita non si deve giocare”

La testimonianza di Evelina Christillin

di MAURIZIO ASSALTO (LA STAMPA 29-05-2015)

«Questa partita non si deve assolutamente giocare». L’Avvocato, quello che si scrive con la maiuscola, Gianni Agnelli, lo aveva detto chiaro a un altro avvocato, il fido Vittorio Chiusano, allora vicepresidente della Juventus, prima di lasciare l’Heysel. Lo racconta Evelina Christillin, oggi presidente del Museo Egizio e del Teatro Stabile di Torino, allora giovane tifosa che in compagnia dell’Avvocato non si perdeva una partita: «Ci univa la passione sciistica. Io ero stata nella nazionale femminile e lui si divertiva a sciare con me e mio padre, che era suo amico. La domenica mattina andavamo in elicottero a Sestriere, poi nel pomeriggio allo stadio».

Quel 29 maggio erano arrivati a Bruxelles con un aereo privato, con Cesare Romiti, Francesco Paolo Mattioli e altri manager della Fiat, e subito si erano diretti allo stadio. «Sugli spalti si vedevano dei movimenti, gente che si picchiava. Si capiva che c’era una grandissima disorganizzazione, sul campo gli agenti della polizia a cavallo si aggiravano come anime in pena. L’Avvocato era contrariato, faceva amari commenti». Poi il crollo della tribuna nel settore Z. «Ma da noi non si vedeva bene, non si capiva. Non c’erano ancora i telefonini, Internet...».

Si capì di colpo quando arrivò un funzionario del ministero dell’Interno. «Lo vidi parlare con l’Avvocato, e vidi che lui faceva una faccia strana. A me accennò soltanto che c’erano dei feriti, forse dei morti. Disse che dovevamo andare via, che il ministero aveva mandato una vettura per portarci all’aeroporto». Un ultimo flash, come in un’allucinazione, corpi allineati a terra lungo il muro di cinta dello stadio, un viso insanguinato impresso nella memoria. «Per tutto il percorso in macchina, e poi in volo, restammo in silenzio».

A Caselle, allo scalo dove atterrano i voli privati, la sorpresa. Quando arrivava l’Avvocato c’erano sempre ad attenderlo molti addetti. Quella volta, nessuno. «Lui si stupì, chiese informazioni. Gli risposero: “Avvocato, sono tutti a vedere la partita”. “La partita...?!”. Al telefono, Boniperti gli spiegò che erano state le autorità belghe a imporlo, per ragioni di sicurezza. Lui non disse più nulla. Anche in seguito non parlammo mai più di quel match. Era come se l’avesse rimosso. E quella coppa non l’ha mai annoverata tra i trofei vinti».

 

Andrea, il bimbo mai tornato a casa

“Sparì in un attimo”

di PIERANGELO SAPEGNO (LA STAMPA 29-05-2015)

Quel che resta di Andrea Casula non è solo questa immagine da bambino, che guarda il mare sorridendo. In quella giornata di sole del 29 maggio 1985, che lasciava spazio al cielo sopra di loro, Andrea si portò dietro, come fanno gli angeli, anche Roberto Lorentini, un medico di Arezzo, che aveva 31 anni, e che s’era già salvato, scappando da quella calca urlante, schiacciata, corpo su corpo, sangue su sangue, contro il muro del settore Z. Lorentini aveva due figli. Deve aver pensato a loro, quando ha visto quel bambino sepolto dentro a quella ressa terribile. Deve aver avuto un morso al cuore quando ha deciso di tornare indietro per salvarlo, lì, nel girone della morte. Andrea aveva appena compiuto 11 anni proprio in quei giorni. Il suo biglietto nel settore Z dell’Heysel per la finale di Coppa dei Campioni era il regalo che gli avevano fatto. Era partito con il papà Giovanni, dalla Sardegna, per guardare dal vivo i suoi idoli: Platini e Scirea. Al mattino, era andato nella Grand Place, a vedere i monumenti, assieme al babbo. Poi si erano incamminati verso l’Heysel, in quella coda infinita, davanti all’unica porta che dava accesso allo stadio, custodita da appena 5 gendarmi, come racconta Roberto Tarlasco, regista teatrale che aveva preparato uno spettacolo sulla tragedia di Andrea Casula. Per un bambino, però, era tutta gioia: anche quell’attesa.

Alla fine sono entrati. Dice Tarlasco che il loro settore era quello riservato agli handicappati, il più piccolo dello stadio. Di fianco c’erano i tifosi del Liverpool, che sventolavano in alto le bottiglie di birra. Erano divisi da una semplice rete metallica, di quelle che si usano negli orti. I gradini della curva erano molto bassi, e malconci. Si staccavano i pezzi con le mani, e alcuni tifosi inglesi li prendevano e li tiravano addosso agli juventini. Poi cominciò tutto, quella marea buttò giù le reti, costringendo i tifosi juventini a scappare scacciando uno contro l’altro, mentre i poliziotti li bastonavano pure, convinti che fosse tutta colpa loro. In quella calca, Pierpaolo Filippi, uno dei sopravvissuti, ricorda d’averlo visto, Andrea: «C’era un bambino nella calca. Fu un attimo. Tempo di girare la testa e non c’era più. Qualche giorno dopo lo rividi e mi prese il magone. Era in una foto del giornale, sotto l’elenco delle vittime». L’aveva visto anche Lorentini. È tornato indietro perché i bambini possono meritare la nostra vita. L’ha raggiunto e ha cominciato a fargli i massaggi e la respirazione bocca a bocca per rianimarlo. Non piangeva e non gridava. Stava facendo il suo lavoro. Anche Andrea non piangeva e non gridava. Li hanno travolti così. Non so se la morte le vede certe cose. Ma c’era una gran luce e un bel sole. E c’era un mucchio di spazio nel cielo.

 

Attilio, il ragazzo che riuscì a salvarsi

“Sarò a Berlino”

di GIUSEPPE SALVAGGIULO (LA STAMPA 29-05-2015)

«Quando penso all’Heysel, mi rivedo sulla pista di atletica, dopo essere passato accanto ai cadaveri. Un interminabile mezzo giro di campo verso la salvezza. Il ricordo più definito è una sensazione indecifrabile. Una sospensione temporale ed emotiva, chissà quanto lunga, pochi minuti o mezz’ora fino alla supplica ai giocatori: “Non giocate”». Quindici anni fa Attilio era un ragazzo che viveva a Taranto e sognava la Juventus: sua madre, trovati due biglietti, lo accompagnò a Bruxelles. Oggi l’avvocato Pavone vive a Milano, è sposato, ha un figlio di 4 anni e sogna ancora la Juve, al punto da lottare per ore con il computer per assicurarsi un biglietto per Berlino.

Attilio e sua madre arrivano in pullman a Bruxelles dopo due giorni di viaggio. «È ancora giorno: coda caotica, poliziotti a cavallo derisi dai tifosi, stadio decrepito. L’ingresso è una piccola porta di legno. Gli addetti al controllo rinunciano e fanno passare tutti. Finalmente siamo dentro. Settore Z, a metà: sarà la nostra salvezza. A sinistra la curva degli inglesi, divisa da una specie di rete da pollaio. Precaria e sinistra, a ripensarci,ma in quel momento non lo penso. Sono troppo felice. Invece cominciano a staccare mattoni e a lanciarli su di noi. La folla ondeggia, la rete s’affloscia. Gli inglesi invadono il settore Z. Botte. Panico. Senso di impotenza. Chi può, fugge. Corri e corri e si cade tutti insieme. Resto intrappolato in un cumulo umano. Perdo di vista mia madre. Gente sopra e sotto, voci disperate, una mano che ci tira su, uno per uno. Rivedo mia madre. Passiamo nel varco sulla pista. L’istinto ci dice di andare il più lontano possibile. Sguardi persi, gente che piange, volti insanguinati, ambulanze. Più avanzo, più capisco: non so quanti, ma ci sono morti. Ora li vedo. Ci dicono che si giocherà e ci viene proposto un posto sicuro nella curva bianconera. No, vogliamo solo uscire. Finalmente siamo fuori. Incrociamo il giornalista Gianni Minà e gli chiediamo di telefonare a casa per dire “siamo vivi”. Torniamo sul pullman. A bordo solo io e mia madre, in silenzio per due ore. Quando tutti ci raggiungono, resta un posto vuoto con un borsello da riportare in Italia».

Per Attilio quella partita non s’è mai giocata. «Nella mia testa è la contraddizione insuperabile tra sogno e tragedia. Negli anniversari mi torna in mente solo l’immagine della pista di atletica». La madre «ha coltivato per anni il senso di colpa di aver messo in pericolo la sua e la mia vita. Ingiustamente, lei juventina che aveva corrisposto a un mio desiderio. Aveva paura che andassi allo stadio. Non mi chiedeva di rinunciare, sperava lo facessi io. Tre anni fa le ho detto che mi abbonavo allo Stadium, spiegandole che è sicuro. Quest’anno l’ho convinta: per la prima volta dopo 30 anni, è tornata allo stadio. Accanto a me. Il prossimo desiderio è farlo con mio figlio Emilio».

 

La partita infinita delle famiglie

“La memoria si allena”

Processi chiusi, resiste l’associazione delle vittime

“Ma ciascuno di noi ha il proprio pezzo di storia”

di GIULIA ZONCA (LA STAMPA 29-05-2015)

Per chi ha perso qualcuno dentro lo stadio dell’Heysel ogni 29 maggio arriva sempre nello stesso modo. Non importa che siano i 30 anni, i 29 o i 18, che la messa sia privata o condivisa, è sempre una spia che si accende, un dolore latente e un’emozione, il ricordo che si rinnova e il bisogno di non dimenticare: «La memoria si allena», è la semplice perfetta frase che ripetono tutti.

Molte famiglie lo chiamano «giorno del raccoglimento», semplice, spoglio, un momento intimo impossibile da spiegare, non ha bisogno di rituali, si muove da solo con il suo carico: tutto si amplifica perché l’anniversario è per sua natura collettivo: «Il cuore torna alla tragedia e per fortuna la testa ti porta via». I parenti difendono le immagini private, quelle che salvano perché mantengono il calore a dispetto dell’assenza. C’è un filo conduttore pubblico che è l’associazione, passata in gestione già alla seconda generazione, e poi c’è un grumo di ricordi, personali e protetti che non vengono scambiati neanche tra chi ha in comune una notte d’orrore.

Le testimonianze

Andrea Lorentini oggi è il presidente dell’associazione, l’ha ereditata dal nonno che l’aveva messa in piedi per avere giustizia. Ora che il processo è chiuso resta la volontà di tramandare, di raccontare la verità perché nulla venga dimenticato, perché le responsabilità non sbiadiscano. Poi ci sono le fitte, come la voce squillante di Andrea che si abbassa quando parla del padre Roberto, medico e medaglia d’argento al valore civile, deceduto mentre cercava di salvare un bambino. Di fare il suo lavoro: «Non ho alcun ricordo di lui, ero troppo piccolo ma sono cresciuto con il suo esempio. Ci ha lasciato il suo grande altruismo». Andrea fa il giornalista sportivo, non ha chiuso il calcio dentro una scatola nera «anzi sono convinto che possa esprimere dei valori, non lo associo a quell’inferno». Sembra strano ma non ha mai scambiato il suo pezzo di storia con la famiglia di chi la completa, con la sorella e la mamma di Andrea Casula, la vittima più giovane, il bimbo che il padre di Andrea cercava di rianimare all’Heysel.

La memoria collettiva

La sorella del piccolo Andrea, Emanuela, oggi è vicepresidente ma Lorentini trova normale che «ognuno tenga per sè il proprio pezzo di famiglia». La storia collettiva è finita sul prato insanguinato, non c’è altro da dire. Emanuela un giorno ha chiesto alla madre di smontare la cameretta totem del fratello tenuta uguale a se stessa nonostante gli anni. È successo tanto tempo fa, Emanuela aveva già capito che la memoria si allena in un altro modo. Come sottolinea Fabrizio Landini che in quel macello ha perso uno zio: «La memoria non va riesumata ma protetta, coltivata».

Quando Giovacchino Landini era in vita, la famiglia gestiva una trattoria a Torino, ora si sono trasferiti in Liguria, tornano ogni anno per la messa: «Mio zio si sapeva godere la vita, peccato che non abbia potuto farlo a lungo come meritava. Io ero e sono rimasto tifoso della Juve, lo zio era così innamorato di quella squadra che non mi sono mai immaginato un tradimento. Non vado allo stadio, non per paura per...». Le parole mancano, forse quella giusta è distanza. Quel filtro quasi impossibile tra il dolore e il ricordo. Per restare in equilibrio bisogna allenare la memoria, senza mescolare l’esempio da tramandare con le storie da custodire.

 

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Faccia di kulo di gianfranco giubilo si preoccupa che la Juve debba restituire la coppa. Ma come cavolo si fa ad essere cosi' ipocriti. Prima fanno un articolo su una strage da parte di assassini inglesi e poi chiudono con un sarebbe meglio che la coppa fosse restituita. Ed e' questo il vostro problema, la restituzione della coppa. Ma andatevene a fare in kulo e scrivete per la rioma, il napule ed i prescritti per favoreeeeeee

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L'ECO DI BERGAMO 29-05-2015

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Heysel, 29 maggio 1985: tra le 39

vittime il reatino Gianni Mastroiaco

di CHRISTIAN DIOCIAIUTI (IL MESSAGGERO.it 29-05-2015)

RIETI - C’era anche lui, il reatino Gianni Mastroiaco, in quel maledetto stadio, in quella folle bolgia di hooligans, trascuratezza e approssimazione che si chiamava Heysel. Uno stadio che cadeva a pezzi e la violenza del tifo inglese, hanno portato via la vita di trentanove persone (oltre seicento feriti), lì soltanto per la finale di Coppa dei Campioni. Lì soltanto per Juventus-Liverpool. Un fatto che esattamente 30 anni fa sconvolse Rieti, l’Italia e tutta Europa, il mondo del calcio e non solo.

LA JUVE NEL CUORE

Gianni Mastroiaco, all’epoca ventenne, era geometra, giocava a calcio in difesa e lavorava col papà. Soprannominato Zoff dagli amici, era innamorato della Juventus e solo poco prima dell’Heysel era stato a Torino per un’altra gara di Coppa dei Campioni. Per il Belgio rimediò un biglietto - non senza problemi per l’espatrio - grazie al club bianconero “Due Stelle” di Terni e partì. Il biglietto era per quello stramaledetto settore Z. Gianni non fece più ritorno a casa, lasciando mamma Santa, papà Raniero ed il fratello Claudio. Gianni fu vittima della follia e della disorganizzazione, in quella partita in cui all’inizio neanche chi era allo stadio capì molto, in quella partita in cui la (poca) polizia belga manganellava anche chi voleva mettersi in salvo portandosi sul campo di gioco. Tutto mentre chi era a casa in Italia e a Rieti guardava quanto accadeva al Tg1, su Rai Due e ascoltava Bruno Pizzul optare per una cronaca «in tono il più neutro [...] impersonale [...] e asettico possibile» considerato quanto accadeva. Quella partita si giocò e la coppa fu della Juve. Si festeggiò anche, sintomo della più totale incomprensione dei fatti avvenuti sugli spalti. “Gianni era partito con un pullman - ricordò a Il Messaggero la signora Santa, in occasione del venticinquennale - organizzato dallo Juventus club di Terni. C'erano anche altri ragazzi di Rieti. All'inizio non ci rendemmo conto di quello che era successo. Non ci chiamò nessuno. Come abbiamo saputo della morte di Gianni? Il papà andando al lavoro la mattina dopo sentì il suo nome alla radio”.

LA MESSA E IL RICORDO DELLO STADIUM

Ieri a Casette c’è stata una messa molto partecipata in onore di Gianni Mastroiaco. Presente la famiglia e tanta gente che ha voluto omaggiare il ricordo di Gianni al campo coperto del polivalente. I nipoti del tifoso reatino morto all’Heysel hanno letto un messaggio allo zio mai conosciuto, mentre i familiari hanno deposto dei fiori al monumento al polivalente e sulla tomba al cimitero. Neanche lo Juventus Stadium ha dimenticato Gianni e le altre vittime: al 39esimo minuto di Juventus-Napoli di qualche giorno fa, la curva bianconera ha esposto lo striscione con la scritta “Nessuno muore davvero, se vive nel cuore di chi resta. Per sempre”. Contestualmente sono stati esposti migliaia di cartelli con i nomi dei tifosi scomparsi all’Heysel, tra cui quello dedicato a Gianni Mastroiaco, il cui nome campeggia anche nelle targhe dello stadio Re Baldovino di Bruxelles. La Juventus, come fa tutti gli anni, ha invitato la famiglia Mastroiaco alle celebrazioni a Torino.

DE TOMMASO: “IO ERO DAVVERO LÌ?”

Scampato alla tragedia perché in un altro settore dello stadio che oggi si chiama Re Baldovino, Fabrizio De Tommaso, grande sportivo e da sempre vicino al calcio dilettante reatino, ricorda così quel maledetto 29 maggio. “Ho un ricordo lungo trenta anni di quanto accadde - dice De Tommaso - per anni mi sono chiesto: ma io davvero ero lì? In quegli anni avevo fondato il club a Cittaducale: mi ricordo ancora di una cena a Torino. Con Tacconi c’erano il povero Scirea e due sconosciuti, come Prandelli e Pioli, dopo alla festa scudetto, e l’addio di Furino. Bei tempi, a soli 22 anni a Torino ero di casa. Trasferte con il Manchester United in Coppa, il Bordeaux e poi la finale in Coppa delle Coppe, una trasferta a Basilea fatta in autostop durata una settimana e la vittoria sul Porto. In quella occasione fu davvero una festa. L’anno successivo - continua De Tommaso, oggi 52enne - arrivò la grande occasione. Quella finale per una vittoria storica: stesso entusiasmo di Basilea, un viaggio bellissimo e nulla che lasciava presagire che solo il caso ci avrebbe allontanato dalla morte. Una cosa che nessuno ha detto e scritto mai: è vero che il crollo di un muro ha causato decine di morti ma nello stesso tempo è stata la via di fuga per migliaia di tifosi che, così facendo, hanno potuto trovare ricovero ed aiuto sul prato. Una delle più brutte storie che il calcio possa aver mai raccontato, dove purtroppo c’è stata morte e tanto dolore. È assurdo morire per una partita di calcio. Come è assurdo che quella Coppa sia in bella vista tra i trofei della Juventus. Quella partita non si doveva giocare e quella vittoria non doveva essere festeggiata. Ma si sa, il calcio in Italia passa davanti a tutto e tutti”. De Tommaso seppe della morte di Mastroiaco nel viaggio di ritorno da Bruxelles, un viaggio verso Cittaducale che assomigliava più a una fuga che un ritorno a casa.

MAI DIMENTICARE

L’Heysel, nella sua tragicità, ha insegnato qualcosa in fatto di stadi e tifo. Almeno all’estero, in Italia molto meno. Ma quel che colpisce è che Rieti non ha mai omaggiato concretamente quel ragazzo, strappato alla vita a soli vent’anni da una tragedia che non doveva succedere (oggi, Gianni, avrebbe avuto poco più di cinquanta anni). Ci pensa la Juve tuttora, ci pensò Tardelli quando venne a Rieti con l’Italia U21, non ci pensa la sua città. Viene da riflettere, estrapolando le parole di Ligabue da una canzone (I Campi in Aprile, Giro del Mondo 2015), dedicata a un altro ragazzo, un partigiano, ma pur sempre un ventenne come Gianni: “Se parti per sempre a neanche vent’anni non sei mai l’eroe sei per sempre il ragazzo”. Lo stadio di Rieti, dopo lungo discutere, alla fine è stato dedicato a Manlio Scopigno. E mentre si intitolano piazze e vie a nomi illustri, soprattutto politici, ma non della nostra città, a ricordare Gianni c’è solo il polivalente della sua Casette. Non una via, non una piazza, non un evento. Sarà il caso di pensarci su. Dopo trent’anni sarà anche ora.

LE VITTIME

Le trentanove vittime dell’Heysel pesano come un macigno sulla storia del calcio europeo. Trentadue italiani, quattro belgi, due francesi ed un irlandese: un bollettino di guerra per quella che doveva essere solo una finale della Coppa Campioni. Questi i nomi delle vittime, tra cui il reatino Gianni Mastroiaco (tra parentesi gli anni). Rocco Acerra (28), Bruno Balli (50), Alfons Bos (35), Giancarlo Bruschera (35), Andrea Casula (11), Giovanni Casula (44), Nino Cerullo (24), Willy Chielens (41), Giuseppina Conti (17), Dirk Daeneckx (38), Dionisio Fabbro (51), Jaques François (45), Eugenio Gagliano (35), Francesco Galli (25), Giancarlo Gonelli (20), Alberto Guarini (21), Giovacchino Landini (50), Roberto Lorentini (31), Barbara Lusci (58), Franco Martelli (22), Loris Messore (28), Gianni Mastroiaco (20), Sergio Mazzino (38), Luciano Rocco Papaluca (38), Luigi Pidone (31), Benito Pistolato (50), Patrick Radcliffe (38), Domenico Ragazzi (44), Antonio Ragnanese (29), Claude Robert, Mario Ronchi (43), Domenico Russo (28), Tarcisio Salvi (49), Gianfranco Sarto (47), Amedeo Giuseppe Spolaore (55), Mario Spanu (41), Tarcisio Venturin (23), Jean Michel Walla (32), Claudio Zavaroni (28).

 

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Un libro racconta il dramma 30 anni dopo

Hooligans, alcol, follia: «Quella notte all’Heysel»

di GIUSEPPE POLLICELLI (LIBERO 29-05-2015)

Emilio Targia deve avere cominciato a elaborarlo, questo suo libro sulla strage dell’Heysel, già il 29 maggio del 1985. Di sicuro, da allora, non è trascorso un giorno senza che rivolgesse almeno un pensiero a quanto è accaduto trent’anni fa nello stadio di Bruxelles (ribattezzato nel frattempo Re Baldovino), consentendo così alla sua memoria di mantenersi perfettamente viva. Non solo consentendo, ma anzi obbligandola a non appannarsi: perché ricordare, in casi come questi, diventa un dovere civile. Targia ha lasciato decantare dentro di sé tutti i frammenti della sua traumatica esperienza di testimone oculare e, dopo tre decenni, ne ha fatto scaturire un diario tanto doloroso quanto necessario, che è al tempo stesso rievocazione e monito: Quella notte all’Heysel (Ed. Sperling&Kupfer, pp.176, euro 14,90).

Caporedattore di Radio Radicale, romano ma innamorato della Juventus, Targia nel maggio del 1985 ha diciott’anni e un desiderio sopra ogni altro: andare a Bruxelles e assistere, la sera del 29, alla finale di Coppa dei Campioni tra la sua Juve e il fortissimo Liverpool di Rush, detentore del trofeo. Un’aspirazione che corona grazie all’interessamento di un amico torinese, il quale riesce a procurargli due posti in curva, nel settore N. Quello di Targia è il racconto di un lento franare nell’abisso e della progressiva presa di coscienza di questa discesa inesorabile.

Nel libro si descrivono i tanti segnali grandi e piccoli, alcuni simili a premonizioni, che trasmettono all’autore un’inquietudine crescente: gruppi di hooligans del Liverpool già dal pomeriggio girano per la città imbottiti di birra, carenze dei belgi a livello organizzativo, servizi di sicurezza che subito appaiono inadeguati, vari tifosi in possesso di biglietti probabilmente falsi e altri che, allungando venti franchi a chi dovrebbe controllare, entrano in tribuna con un ticket di curva: «Mi sale dentro un senso di angoscia. Leggera, ma velenosa», scrive Targia.

E poi il deflagrare del dramma. Nell’altra curva, precisamente nel settore Z, orde di hooligans iniziano a caricare come belve impazzite i tifosi della Juve. Targia assiste da lontano a quelle scene orribili, impotente, accrescendo il proprio sgomento con l’ausilio di un binocolo. Il resto è noto: la finale che inizia con enorme ritardo, alle 21.42, e viene giocata per volere dell’Uefa; una partita surreale e anomala, conclusasi con la vittoria per 1-0 della Juve; i festeggiamenti allucinati dei giocatori juventini. E i 39 morti, 32 dei quali italiani e, fra questi, un undicenne di Cagliari, Andrea Casula, e il suo papà 43enne. Anche attraverso le testimonianze di protagonisti e sopravvissuti inserite in appendice al volume, Targia formula la sua preghiera laica e chiede che l’Heysel smetta di essere - come ancora oggi assurdamente è - una tragedia di parte,una tragedia «tifosa», per divenire lutto nazionale da vivere con cordoglio unanime. Intanto, il prossimo 6 giugno, la Juve disputerà contro il Barcellona la sua ottava finale di Champions League. In caso di vittoria, non solo gli juventini, ma l’Italia migliore saprà a chi dedicare il trionfo.

 

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Why we must NEVER forget Heysel families

by MATT LAWTON (DAILY MAIL 30-05-2015)

Andrea lorentini has no memory of his father. He has photographs and only what his family and friends remember about a man who lost his life trying to save another.

A man who rushed to the aid of a child seriously injured at the Heysel Stadium on May 29, 1985, and perished when he too was crushed as Juventus supporters attempted to flee their Liverpool counterparts.

Andrea’s father was Roberto, a 31-year-old doctor. He was found by his father, Otello, lying face down in Block Z of that crumbling ground in Brussels.

At first, Otello thought he could hear his son’s heart beating. Then he realised it was the sound of his own heart as he pressed his ear against Roberto’s lifeless body.

After witnesses later told of seeing Roberto trying to administer CPR to a boy amid the chaos and carnage that Wednesday night, the Italian government posthumously awarded him the Silver Medal For Civil Valour. ‘I am very proud of my father,’ says Andrea. ‘He’s an example to us all.’

Now 33, Andrea was drawn towards a career in journalism because of Heysel. Earlier this year he also reformed the Associazione tra le famiglie delle vittime di Heysel, the group founded by his grandfather, Otello, to represent the families in their fight for justice.

This time, their intention was to open a dialogue with Juventus before the 30th anniversary of the tragedy, in the hope of having a monologue read out in addition to the Mass which was held last night by the club at the Chiesa della Gran Madre di Dio in Turin — a service attended by a delegation from Liverpool.

For the families the intention was to have their loved ones finally afforded proper respect after being largely ignored for three decades. They wanted those who died to be recognised as victims not just of terrible acts but of negligence and incompetence.

Their campaign began in November 1985. Invited by Otello Lorentini, it was in the Hotel Continentale, here in the town of Arezzo, that the families first met to discuss how to collectively pursue justice for the victims. It proved a hard-fought legal battle that went some way to changing football. On appeal they succeeded in forcing UEFA to take responsibility for the venues that stage the European governing body’s events.

Never again could a UEFA match, never mind a European final, be held at a stadium that did not meet stringent safety standards. As Otello would later note, UEFA received ‘83 per cent of the profits’ for the 1985 European Cup final. For that reason, he argued, they should be responsible for the stadia they use.

Before that game, representatives from Liverpool and Juventus had expressed concerns about a stadium that had been condemned only a few years earlier. They were ignored. On the night, Liverpool supporters tore down fencing that separated Block Z from their own area and attacked the Italians. Forced to retreat but unable to escape, a wall on the far side of the section collapsed in the crush.

In 1989, after a five-month trial in Brussels that finished only days after 96 Liverpool supporters had died at Hillsborough, 14 of the 26 fans who stood trial for those killed at Heysel were found guilty of involuntary manslaughter and given three-year prison sentences, suspended for 18 months.

It left an indelible stain on Liverpool but Otello and the families did not consider the English hooligans solely to blame, even if English clubs were subsequently banned from Europe for five years, with Liverpool excluded for a further 12 months.

Indeed, an initial inquiry by Marina Coppieters, an eminent Belgian judge, found after 18 months that the police and the authorities should also face charges.

The level of policing was inadequate, while ticket distribution — and the fact that so many Italians had obtained tickets for what was supposed to be a neutral zone — was also a major issue for which the authorities were held responsible.

Led by Otello, the families demanded justice and in the end Jacques Georges, the then UEFA president, and Hans Bangerter, his general secretary, were threatened with imprisonment. They received conditional discharges.

Albert Roosens, the former secretary-general of the Belgian Football Union, received a six-month suspended prison sentence for ‘regrettable negligence’.

Two senior police officers were given similar punishments. And yet there has been a reluctance to acknowledge what happened in Brussels, even at Juventus.

Andrea says recent meetings in Florence between the families and Juventus did not reach a positive outcome. Discussions came to an abrupt end when the club preparing for next Saturday’s Champions League final against Barcelona in Berlin presented a rewritten version of the families’ monologue.

‘Juventus didn’t want us to speak about the responsibility of UEFA or the Belgian authorities,’ says Andrea. ‘ They are a big club in European football. They are in the final. UEFA are in charge. They prefer us not to speak about this part of the tragedy. It’s politics but memory is true.

‘The monologue they wanted was not the memory; it was not true. In one part they read us, they had Michel Platini (now president of UEFA) scoring the decisive penalty and crying. It’s completely false. He celebrated like a normal game. You only have to watch the video.’

Sitting here with Andrea in Arezzo is Francesco Caremani, author of a powerful book, Heysel — The Truth. It was published after 18 months’ research including access to Otello’s case files for the 2003 trial.

It was Otello who asked Francesco to write the book, to write the truth, but it remains a book that Juventus have done their best to ignore.

‘For Juventus, and for the Italian Football Association, it is too inconvenient,’ says Andrea, who claims there has been a shocking lack of support for the families. ‘Juventus never helped the families of the victims,’ he adds.

Francesco says: ‘ If everyone admitted their responsibility, from UEFA, to the Belgian authorities, the police, the Liverpool hooligans, and continued to recognise that every year — and all respect the memory of the families — then Otello would not have asked me to write the book and Andrea would not have reformed the association.

‘Juventus have not stayed near to the families. My book is important because everyone tried to forgive and forget — tried to cover (it up).’

Do they feel Liverpool have done enough? After all, it was not until 2000 that the city of Liverpool officially commemorated the anniversary of Heysel; not until five years ago, on the 25th anniversary, that a plaque was unveiled at Anfield in memory of the 32 Italians, four Belgians, two French and a man from Northern Ireland who died at Heysel.

But it mentions only that 39 people died. Not their names.

Yesterday, former Liverpool player Phil Neal — club captain at Heysel — was among those who placed wreaths by the plaque at Anfield. He was joined in the memorial service by Hillsborough campaigner Margaret Aspinall, ex- Juve players Massimo Bonini and Gianluca Pessotto — now the Turin club’s sporting director — as well as UEFA official William Gaillard.

‘It would be better if Liverpool write the names, but for the families it is more important what happens in Italy,’ says Andrea. ‘The behaviour of Juventus, the Italian FA. That is the priority.’ Francesco agrees. ‘It is very difficult to answer that question because Liverpool can point to Juventus over the last 30 years,’ he says.

‘In 2005, Otello tried to organise a match in Arezzo between Juventus and Liverpool. When Juventus met Liverpool in the Champions League earlier that year, Otello and Andrea went to Juventus and in the end it was decided that the youth teams would meet in Arezzo.

‘The game took place in the September and I have to say I was very impressed by Rick Parry (the then Liverpool chief executive) and the players. They were very respectful.’

What a pity that the families were not then invited to a Champions League quarter-final that Liverpool saw as an opportunity to rebuild relations with Juventus; a game memorable for the Amicizia (friendship) mosaic held up by Liverpool fans, though it prompted some Juventus fans to turn their backs.

‘Again,’ says Francesco, ‘the anger of the families is more with Juventus. For 25 years, from 1985 until 2010, they did nothing to remember. Then, on the 25th anniversary, they had a Mass. Since then, until this year, nothing again.’

As for Otello he died last year, but the families’ battle for justice goes on.

And UEFA and Platini? ‘I think to become the president of UEFA he must have a different memory of Heysel,’ says Andrea. ‘He refuses to speak about Heysel to the media. For him it is inconvenient.’

 

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Thirty years on and Heysel still haunts me

I will never forget

by IAN RUSH (IRISH INDEPENDENT 30-05-2015)

HEYSEL. The memory of that night has never left me. It should have been a great night, not a tragic one. More than anything, 39 people who made their way to the stadium to watch a game of football should have been able to return home.

But they didn’t. I can only imagine how the families of those victims must feel. Thirty years on without their loved ones, their fathers, brothers, husbands, sons, friends.

I travelled to Turin yesterday to attend an anniversary mass for the victims. I saw those relatives. I observed their pain. And it never goes away.

How can it? How can something as innocent as a football match turn into something so terrible? Even now, as 53-year- old, I can’t begin to understand why.

Nor could I then. I was 23, concerned about my career, not about much else. This was my second European Cup f inal in as many years. I wasn’t to know then that it would also be my last.

Nor was I to know how irrelevant that statistic would be. The emptiness I felt walking out into that stadium to play a game is indescribable.

We knew something awful had happened. We just didn’t know how awful. We had heard rumours someone had died.

CRAMPED

So we waited, inside the Heysel dressing-room, a cramped concrete space which had no air conditioning – just a couple of small windows which we opened to allow some fresh air in.

From outside we could hear sirens. We didn’t hear the usual chants. You heard screams, shouts. You sensed something was up. But we were told to stay and wait.

Then, an official came into the dressing-room to say the match was going ahead. Just like that. We were up and out.

When the whistle went, the match was a non- event. We lost. Who cared then and who cares now?

The silence on the team bus back to the hotel is what sticks with me. And it wasn’t the silence of a team distraught by defeat. This was an eerie quiet.

Then Joe Fagan, our manager, spoke up. The thing with Joe was that his face always had a smile on it. He was a warm man, a gregarious character who loved life.

More to the point, he knew how sacred life was. Quietly he spoke to us all: “People died in the ground tonight, men. Don’t worry about the result. It doesn’t matter. A life matters.”

He’d retire soon afterwards and in the remaining 16 years of his life, he’d live with the shadow of Heysel hanging over him.

I’m a father now. It is only when you have your own children that you really gain an understanding of the value of a life and the importance of a game of football.

When you think back on your career and ref lect on triumphs and defeats, you can’t help but wonder how the language used around the game gets exaggerated.

A defeat, I was often told, was ‘a disaster’. But it wasn’t. I know what a disaster is. I have been present for two of them, Hillsborough and Heysel, and I want to emphasise how this is not about me.

SYMPATHY

Players were witnesses to those events. We don’t merit sympathy. Families do. They have had to live for years without loved ones, innocent people who went to a football game and didn’t come home. I still can’t get my head around that bit.

Many people forget that an Irishman died that night in Brussels.

Patrick Radcliffe was one of the 39. He was 37. Yesterday his twin brother, George, spoke poignantly about how Patrick was ‘ his best friend’, how he had phoned his home that night, expecting to speak to him, surprised he was at the match, given how he wasn’t a huge fan.

As I sat on the plane f ly ing to Turin yesterday, I thought about Patrick and the other victims. He would be 67 now.

Another victim, Andrea Casula, was just 11. He’d be 41 now only for Heysel. He’d be old enough to have his own 11-year- old son.

As a father, not as a former footballer, I attended that mass and felt for the relatives. Heysel is something I can’t forget but I can’t pretend my pain is comparable to the families. Your heart goes out to them.

And you hope the lessons have been learned. You’d hope this kind of tragedy will never happen again.

You’d hope new generations of football fans and new generations of football administrators would study the past and learn the lessons. You hope a life will never again be lost at a football game.

In Brussels, the King Baudouin Stadium is how Heysel is now known. Outside the ground there is a stone plaque which acts as memorial to the 39 victims. On it, a sign says ‘ we will never forget’.

I know I won’t.

 

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«Scampati all’inferno per tre metri»

Erano nella curva "Z" dell’orrore: il ricordo di due pordenonesi alla finale Juve - Liverpool

di LORIS DEL FRATE (IL GAZZETTINO 29-05-2015)

Doveva essere una festa, una notte magica, la fine di un viaggio che per chi era partito da Pordenone era stato lungo millequattrocento chilometri. Tanti, ma passati velocemente su quel pullman diretto alla stadio Heysel e partito dalla piazza principale in riva al Noncello. Sopra c’erano anche Lino Badin, allora ventinovenne, sposato da pochi mesi e Mauro De Roia, due anni in meno, con un figlio in arrivo. Loro dall’Heysel, lo stadio maledetto che è costato la vita a 39 persone la sera della finale di Coppa Campioni Juventus - Liverpool, sono tornati a casa. Miracolati perchè erano tre metri più in alto rispetto all’inferno. Ma quella notte di trent’anni fa non l’hanno mai dimenticata. E pensare che avevano perso ogni speranza di andare a vedere la partita. «Avevamo battuto in lungo e in largo la provincia per trovare i biglietti. Nulla da fare - raccontano - eravamo rassegnati a guardarla in televisione». Invece il destino si mise in mezzo. «Ricevetti una telefonata dallo Juve club di San Stino - racconta Lino Badin - avevano due posti. Siamo partiti in pullman la sera prima dell’incontro». In corriera la distribuzione dei biglietto: curva "Z". Il settore maledetto. Quello del massacro. «Siamo entrati allo stadio verso le 17. Era una giornata bellissima - va avanti Mauro De Roia - un sole caldo, mille colori, ma anche tanta disorganizzazione. Ci volle più di un’ora per entrare. Tutti schiacciati per passare attraverso una porticina larga si e no un metro e mezzo». «Una volta dentro - spiega Lino Badin - ci accorgemmo subito che quello stadio era inadeguato. Le gradinate che si sfaldavano solo sbattendo forte i piedi e una rete, come quella dei pollai, che ci divideva dall’orda dei tifosi inglesi, quasi tutti ubriachi. Già fuori avevamo visto l’area circostante l’impianto tappezzata di lattine di birra vuote». La salvezza dei due pordenonesi è legata al fatto che si fermarono nella parte alta della curva "Z". «Per uscire dalla curva - spiegano entrambi - c’era solo una porticina che era accanto a dove ci eravamo piazzati noi. C’era il tifo, bandiere, urla, cori, ma sembrava normale. Almeno fino a quando dal settore inglese hanno iniziato a lanciare sassi e calcinacci. Spaccavano le gradinate con gli scarponi e tiravano i pezzi di pietra dalla nostra parte. La gente si ritirava, iniziava a indietreggiare, sino a quando gli inglesi hanno invaso il settore demolendo la rete. In quel momento è successo di tutto». «Io - dice Badin - ho detto a Mauro che era meglio uscire». «Io invece - replica Mauro - volevo restare: ho fatto 1400 chilometri per vedere la partita dicevo, adesso non scappo». Alla fine la situazione è esplosa e i due sono riusciti a imboccare la porta dirigendosi dall’interno della curva verso l’uscita dallo stadio. «Se fossimo stati 2 - 3 metri più sotto - vanno avanti - saremmo stati travolti e probabilmente risucchiati. Capivamo dal rumore e dalle urla che stava accadendo qualcosa di grave, ma non abbiamo visto nulla. Una volta fuori siamo andati in corriera e lì abbiamo visto dalla tv che c’erano i morti». Di quelli che erano con loro in pullman alcuni erano feriti. «Siamo andati tutti in ospedale, poi, tre ore dopo, siamo riusciti a telefonare a casa e a rassicurare le nostre famiglie. Eravamo vivi. Mi moglie - scherza De Roia - mi rinfaccia sempre che per lo stress che le ho procurato, ha dovuto partorire prima del tempo». La partita non l’hanno vista.

«Per anni non sono più andato allo stadio»

di LORIS DEL FRATE (IL GAZZETTINO 29-05-2015)

PORDENONE - Roberto Fagotti, pordenonese di Roraigrande ha 60 anni. Ne aveva la metà la notte maledetta dell’Heysel. Era con altri tre amici di Pordenone nella curva "N" opposta alla strage. «Non abbiamo capito subito cosa accadeva. Anzi, pensavamo che i tifosi juventini avessero assalito quelli del Liverpool. Poco dopo capimmo che la colpa era degli Hooligans e che erano morti tanti italiani. Montò una grande rabbia e anche i tifosi moderati volevano fare giustizia. Anche contro la polizia che non ci aveva tutelato. Far giocare la partita fu giusto, servì a calmare gli animi. Al gol della Juve non ho esultato, volevo andarmene. Per farci uscire passammo in mezzo a un cordone di poliziotti e tutti lanciavamo monetine: non avevano difeso gli italiani. Solo dopo sette ore riuscii a chiamare casa. Mi madre mi disse: Dove sotu? Torna casa subito. Allo stadio sono tornato molti anni dopo».

Heysel, trent'anni dopo

«Scampati alla morte grazie a nostro padre»

di FABRIZIO CIBIN (IL GAZZETTINO 30-05-2015)

SAN DONÀ - «Heysel, noi vivi grazie allo scrupolo di papà». C'erano anche loro allo stadio, in quella terribile sera del 29 maggio 1985. Allora Carlo e Andrea Mazzanti avevano rispettivamente 27 e 23 anni (oggi hanno una agenzia di comunicazione e una casa editrice) e nelle mani un biglietto a testa del famigerato "settore Z", quello delle 39 vittime. «Solo mio papà Giorgio aveva un biglietto per la tribuna, mentre noi ne avevamo trovati due della curva maledetta» - ricorda Andrea. Padre che all'epoca era primario chirurgo alla Casa di cura Giovanni XXIII; particolare non da poco, perchè anche lui aiutò a curare dei feriti. «Quando arrivammo in città ci rendemmo conto che l'organizzazione era assolutamente inadeguata: c’erano hoolingas ubriachi ovunque». Padre e figli vanno a controllare lo stadio e vedono che la struttura è fatiscente e pericolosa. A quel punto decidono: o si trovano altri biglietti o si torna a casa. «Cercammo dei bagarini e comprammo a peso d'oro due tagliandi del settore N, la curva opposta, dove c'erano solo italiani. Insieme a noi c'era anche un ragazzo di Mestre, conosciuto in aereo: convincemmo anche lui a cambiare e in qualche modo, forse, gli salvammo la vita».

Andrea e Carlo ricordano, poi come non si capì mai veramente quello che successe. Ma anche l’orrore per i feriti visti poi all'esterno e nei bus («Sangue, sangue dappertutto»). Solo all'arrivo in Italia seppero della tragedia.

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La tragedia dell’Heysel

crepuscolo dell’illusione

La famigerata finale di Coppa dei Campioni rivissuta da

un osservatorio tutto vicentino, da Agnolin a Paolo Rossi

LA FRASE «Ho visto scene orribili che non hanno nulla a che

vedere con il calcio. Ed ero impotente di fronte ad una carneficina»

di CLAUDIO DE MIN (IL GAZZETTINO 01-06-2015)

C’è una foto, a colori, dello stadio Heysel com’era trent’anni fa, a pagina 24, in primo piano una maglia della Juventus appoggiata alla balaustra, e la prima cosa che mi viene in mente, guardandola, ancora incredulo dopo tutto questo tempo, è come sia stato possibile che l’Uefa abbia scelto quell’impianto per una finale di Coppa dei Campioni. Paradossalmente, per certi versi è l’immagine più choccante fra le tante, terribili (alcune già viste, altre inedite) che incontro sfogliando questo libro, perché certifica la superficialità, la leggerezza, l’impreparazione che sono state alla base della notte più nera della storia del calcio: superficiale e colpevole fu la scelta dell’impianto; superficiali e colpevoli l’organizzazione e i soccorsi. Una miscela, esplosiva e criminale, di barbarie hooligans e incompetenza belga, che provocò 39 morti e 600 feriti trasformando Juventus-Liverpool in una carneficina.

A trent’anni da quella notte maledetta esce questo lavoro molto veneto ("1985 Stadio Heysel, 2015 Per non dimenticare...", edizioni Rig, 128 pagine, 29 euro), anzi, molto vicentino, esattamente come gli autori, i giornalisti del “Gazzettino” Domenico Lazzarotto e Luca Pozza e l’ex arbitro internazionale Luigi Agnolin, e come l‘avvocato Sergio Campana, ex calciatore e capitano del Lanerossi Vicenza e storico fondatore e presidente del sindacato calciatori e autore della prefazione, e come molti dei testimoni di quella partita di calcio diventata incubo: da Paolo Rossi, vicentino ad honorem, a Massimo Briaschi che quella partita la giocarono. Il libro è il racconto accorato e commosso, fatto dai protagonisti (da Trapattoni a Boniek a Stefano Tacconi); da chi c’era e quel terrore lo ha toccato con mano ed è scampato all’incubo e alla morte, come i parenti e gli amici delle due vittime bassanesi, l’imprenditore Mario Ronchi e il dentista Amedeo Spolaore (la cui vedova, Alberta Bizzotto, parla per la prima volta); e da chi stava davanti alla tivù, impietrito di fronte all’orrore, come milioni di italiani, juventini e no, ad esempio lo stesso Agnolin, che volò a Bruxelles il giorno successivo, incaricato dalla Federcalcio di coordinare il rientro degli italiani, vivi e morti.

Fino ai giornalisti, i più grandi (da Gianni Brera a Candido Cannavò), a cominciare dal telecronista di quella tragica partita, Bruno Pizzul, per poi passare ai grandi inviati della carta stampata, fra i quali Giorgio Lago, storico capo della redazione sportiva e poi direttore del “Gazzettino” al quale il libro è dedicato e al quale Sergio Campana dedica una sentita prefazione.

“Morte per gioco” era il titolo del commento di Lago sulla prima pagina del nostro giornale, la mattina di giovedì 30 maggio 1985: “Il troppo denaro, la volgarità dei rapporti umani, lo squadrismo, l’irrazionalità, il profitto che usa tutto e da tutto si fa usare: dietro questo massacro di gente schiacciata con il biglietto della partita stretto nella mano, c’è il crepuscolo di una illusione”.

 

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Soccer hierarchy still slow to accept responsability for Heysel tragedy

by ROB HUGHES (INTERNATIONAL NEW YORK TIMES 03-06-2015)

LONDON — While the media attention was focused on FIFA in Zurich last Friday, the players of Juventus were going to church in Turin, Italy.

Their prayers had nothing to do with facing Lionel Messi and Barcelona in the Champions League final this Saturday. They attended a special Mass offered in memory of the Heysel Stadium tragedy 30 years ago in Brussels.

Thinking back to that month in 1985 still sends tremors down the spine. On May 11, a fire at Bradford City’s stadium had killed 56 spectators and injured 256, leaving some with hideous scars. Then, on May 29, violence at Heysel took the lives of 39 and injured 600 more, mostly Juventus fans.

Bradford’s Valley Parade stadium had a palpably unsafe ancient wooden stand, and a cigarette dropped through floorboards ignited the inferno. Heysel had a terraced area of crumbling masonry steps that somehow passed inspection before the European Cup final between Juventus and Liverpool. And in an era when stadium violence was rife, the Italians attempting to flee a charge by English youths ran into a wall that collapsed and smothered them.

Bradford was a celebration turned into tragedy by ignorance. At Heysel, 32 Italian, 4 Belgian, 2 French and one Northern Irish spectator were killed by aggression compounded by neglect at every level when it came to safety, security and administrative control.

Initially, the European soccer federation UEFA got away with blaming Liverpool hooligans, and 14 of them were convicted of involuntary manslaughter. It was four years before the police officer in charge of Block Z, the section where the deaths occurred, stood trial.

And it took pressure from governments to make UEFA — which banked 85 percent of the profits from the tournament but sought to dodge responsibility for stadium safety — accept that it had the ultimate duty to care.

Jacques Georges, the French president of UEFA, and Hans Bangerter, his Swiss general secretary, denied responsibility for the tragedy. An inquiry in Belgium found that the police and other authorities should face charges. Georges and Bangerter were threatened with time in prison but ultimately were given conditional discharges.

It seems to be part of an endless cycle in soccer that continues today: officials lapping up the privileges while not taking any of the blame.

All that brought no solace to the widow of Giovanni Casula, who went to the game at Heysel with his son, Andrea. Neither came back.

Another who grieved, until he died last year, was Otello Lorentini who was in the stadium. He found his 31-year-old son Roberto face down and lifeless on that terrace in 1985. Roberto had been crushed while attempting to give cardiopulmonary resuscitation to a child he found near the collapsed wall; he could have escaped, but, as a doctor, he stayed to try to save a life.

Otello Lorentini never accepted the obfuscation and lack of accountability of those who allowed the game to be played in that decrepit arena. He led the bereaved families to pursue justice. He discovered that both Juventus and Liverpool had raised fears and objections about the state of Heysel, and that UEFA had dismissed them out of hand.

The 55-year-old stadium never again was used for soccer. It was rebuilt and renamed the King Baudouin Stadium.

Similarly, UEFA renovated itself under a new president, the Swede Lennart Johansson, and a new secretary general, the German Gerhard Aigner, and took full responsibility for stadium safety and security. Johansson was succeeded as president in 2007 by Michel Platini.

And there the circle completes itself because the 1985 final went on that night despite the deaths an hour before the scheduled kickoff. Platini, the finest player of his era, scored the only goal, from the penalty spot, by Juventus.

Some of the victim’s families, along with many others, have said that it was unacceptable to go ahead with the game, despite arguments by the Belgian prime minister and the local mayor and police chief that to abandon the match would risk further violence.

Players have maintained that they were not told of the scale of the disaster and that they were compelled to play against their wishes. To this day, Platini is criticized by some Juventus fans for gleefully celebrating his goal.

The video supports that view. However, I can tell you that when Platini and I have discussed Heysel in any shape or form, there has been a graying of his face and a darkening of the eyes that reveals how much that night has remained with him.

Similarly, Gianni Agnelli, the owner of Juventus, who did not make it to the stadium, never accepted that Juventus had “won” the title. He was flying to the game by helicopter but turned back, not expecting the game to be played.

“We have not won the European Cup,” Agnelli told me years after Heysel. “Winning in those circumstances cannot count.”

It did in the records. And it stood as Juventus’s only triumph in the competition until 1996, when the Old Lady won the Champions League final against Ajax in Rome.

Even that was not clear-cut. The score was 1-1 after extra time, and Juventus won on the penalty shootout.

So today Juventus still longs for a pure and clean victory in the coveted event. Sadly, relatives who lost family members at Heysel are not convinced that the club understands their grief.

The Associazione tra le famiglie delle vittime dell’Heysel, led by Otello Lorentini’s grandson, Andrea, asked to give a monologue in church Friday. Juventus reportedly suggested the monologue be toned down, and not criticize UEFA.

The families instead spoke out to the media, saying that 30 years after the event, the club and the authorities still seek to sanitize what happened. They are waiting for the book, “Heysel — The Truth” by Francesco Caremani, to be translated into English in the coming weeks and months.

 

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Edited by Ghost Dog

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